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miércoles, 12 de octubre de 2016

El día del conejo (crónica de viaje)

No existe “la verdad”, por eso estar viva es una experiencia pasajera, en la que puedo manifestarme de muchas formas para aprender.
Despertar en Mazunte

¿Aprender qué?.
Aprender que el tiempo es un parámetro, que a veces funciona como dos rueditas adicionales en la bicicleta, sostenerse en la gravedad parece al principio un acto de brujería. Entonces las pequeñas rueditas que nos sostienen a los lados, nos regalan la sensación de conducir algo más que nuestros propios pies.
Ese tiempo-rueditas nos representa el orden de las cosas, la seguridad en el desplazamiento al futuro, la certeza de “saber cómo sigue” la secuencia de nuestros días. Sin embargo llega un tiempo de giro en el relato, entonces la vereda de la infancia donde damos vueltas en círculos, un día es un camino tan inmenso como el océano y la bicicleta hay que subirla a la cuerda floja. Puedo detenerme, caer o seguir. Haga lo que haga, viva donde viva, me conecte o me desconecte de las cosas, esa trilogía se carga en mis pies sobre los pedales.
Cuando le quito las rueditas de contención, el tiempo sin paracaídas me arroja al mundo en caída libre. Desde ese momento mis rutas son las que me muestra la percepción. Lázaro Cárdenas, Pátzcuaro, Isla de Janitzio, Tzintzuntzan, Erongarícuaro, Oaxaca, Hierve el Agua, Mazunte y mañana San José del Pacífico, son los laberintos que se adhieren a mi piel.  
El mar está vivo, conectado por todas sus aguas siempre es el mismo mar, el tiempo está vivo, conectado por sus milésimas de segundos es el mismo tiempo, yo estoy viva, conectada a todas las historias, soy la misma vida.
Me abrazo a la experiencia rústica. Duermo en una colchoneta sobre la tabla de la habitación que tiene sólo un par de paredes de bambú y una vista al monte que rodea la playa de Mazunte. Cuando despierto adentro del mosquitero veo las ardillas trepando las ramas y siento el crujir de la naturaleza.
El baño a cielo abierto, el locker donde guardo la mochila de 80 litros, el cepillo de dientes y la pasta en el bolsillo de la mochila de mano, el espejo comunitario, la salida directa al mar con el que juego todos los días. Las picaduras de mosquito, ¿también de araña?, nunca se sabe, la herida de la rodilla que cicatriza a su tiempo desde el revolcón de aquella ola, la piel curtida por un sol constante que no da espacio a la lluvia. El cangrejo Mazunte que me espía a la noche y los días de vagar con la banda de amigos improvisada que construimos, de tanto estar contemplando la vida desde la orilla.
Una vez con la muchacha de rulos, reímos pensando que nuestras referencias de los días son surrealistas. “Eso fue el día del conejo. ¿No te conté?, la otra noche por fin vi al conejo blanco, corrí a buscar la cámara y estaba tan oscuro que le disparé con flash y la foto es malísima, pero bueno. ¿En qué estaba?, ah sí, bueno fue el día del conejo”, le dije. “¿Te diste cuenta?, ya no sabemos ni qué día es hoy, sólo nos acordamos por referencias como esa, el día que viste al conejo”, observó y nos reímos de placer.
Naufragar un tiempo sin rueditas, concluido por el momento el ciclo introspectivo, conociendo los idiomas que hablan las corrientes del mar, recordando a diario que cuanto menos cargo más llena me siento, entrenándome para la tarea que me toca, ofreciéndome inclusive el espacio de juego, soy por fin una partícula más de arena. ´
Mi método ahora es destejer los ritmos que traigo de la ciudad, respirando profundo la adrenalina que me da éste tiempo sin rueditas de contención, confiándome como un obsequio que brindo a la humanidad, para que hagan de mí un canal de comunicación, un puente invisible de aproximación para todos éstos mundos que somos.
Me toca primero soportar la presión de una ansiedad a la que no llega ninguna respuesta, y ceder después un cuerpo desnudo al mar, que como no me traga por éstos miedo, me devuelve a la orilla por la curiosidad que me enamora de un tiempo asimétrico.


12 de Octubre de 2016. Mazunte, Oaxaca, México. 

domingo, 2 de octubre de 2016

Permite crecer tu lengua natal (crónica)

Ireri, es una palabra p'urhépecha que significa “el que habita un lugar”, aunque también es muy usual que se utilice como nombre femenino. En ésta historia, “Ireri” significa el sueño de cuatro músicos de un pueblito llamado Erongarícuaro, en Michoacán, México.

Ireri bajo el árbol de Tule. En orden: Beto, Checo, Karlita, Paco y Monna
Foto: Maga Beijaflor. 

Un año atrás se animaron a intentarlo. Estaban en la casa de Paco (Francisco Diego Álvarez), tocando otras rolas, y como Monna (Mariana Jaramillo Sánchez) y Beto (Roberto Jaime Nambo Carmona) escuchan música pop, Checo (Sergio de la Cruz Hernández) que disfruta del metal, sintió un poco de dudas sobre lo que podían armar.



Sobre esos primeros pasos, también recuerdan que al principio, Paco iba a ser el bajista. “¿Y tú porque vas a tocar el bajo?”, le preguntó Monna. “Pues porque al bajo nunca lo quiere nadie”, le respondió. “Entonces me monté en mi macho y dije que yo quería el bajo, era un desafío que podía enfrentar”, dice ella.

Beto cantaba pero todavía no se animaba a mostrarlo al grupo, hasta que un día alentado por Monna, floreció en el lugar que le era natural. Por su parte, Checo admite que hasta el momento, sus influencias del metal provocaban que su rol en la batería lo aburriera un poco, pero Paco le compartió jazz, blus y otros ritmos que expandieron sus posibilidades creativas. Vale resaltar que su trabajo también está puesto en las letras de lengua originaria.

En la casa del guitarrista, uno de los cuartos tiene aislante de sonido en las paredes, enormes consolas para edición, micrófonos e instrumentos. Con la paciencia minuciosa del artesano, Paco consiguió crear una herramienta de expresión musical que a partir de la fusión y entonces traer desde el fondo de la tierra, las palabras de sus antepasados P'urhépechas.

Hace unos meses Ireri fue seleccionado para representar a Michoacán en el Sexto Encuentro Nacional de Tradición y Nuevas Rolas, que se realizó en Oaxaca. Para la nueva aventura sumaron como invitada especial a la percusionista de rastas, Karla Cristina Villalobos Verdugo, oriunda de Mexicali, Baja California. Todas las alquimias de ésta banda, hacen comprender que cuando se une lo más profundo de la raíz con la diversidad más colorida, asistimos al nacimiento de nuevos sueños.

Más de 80 músicos, 16 grupos representando los estados mexicanos, 11 pueblos indígenas, ofrecieron un ritual musical sobre el mismo escenario. Por los parlantes de la Plaza de la Danza las melodías se expandieron por la ciudad, alcanzaron cada estado, avanzaron sobre las fronteras, dieron la vuelta al mundo, se elevaron al universo y se conectaron al centro de la tierra.

Las lenguas originarias están vivas en los jóvenes mexicanos de una forma conmovedora. Y como no hay fuerza más grande que la del amor, sentada entre el público, compartiendo unos mates con Vale (también argentina y compañera de hostal), respiré profundo para sentir que ésta, también una noticia de la humanidad. 

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Zapateo de la Raíz (video crónica)

Giran las polleras y los colores inundan de esa frescura que tiene la tierra fértil. Esas tradiciones llenas de detalles artesanales, bailan sobre el escenario del Sexto Encuentro Nacional de Tradición y Nuevas Rolas que se celebra en Oaxaca, México. De Tradición y Nuevas Rolas - Secretaría de Cultura

En cada movimiento y representación se cuentan las historias de cada pueblo. Durante una noche comparten la risa y la belleza los representantes de 16 estados mexicanos, 11 pueblos indígenas, más de 80 músicos que eligen brindar su arte a la preservación de sus lenguas. 


Desde la mesa de Michoacán hacemos porras con mis amigos de Ireri, la banda fusión p´urhépecha de Puácaro y Erongarícuaro. Paco, Beto, Checo, Monna y Karlita me trajeron a éste portal del mundo mágico y éste viernes concursarán para ser los representantes de todo el país.