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domingo, 14 de agosto de 2016

Las naves voladoras del primer amor (cuento)

"Verano. Encontré diez pesos en la vereda y esa misma tarde también tuve la suerte de enamorarme de un fabricante de barriletes en la Plaza Central. Así volé por primera vez, aferrada a la cintura de mi artesano aéreo, sobre una de sus creaciones.
La siesta era sagrada para todos excepto para nosotros, que saltábamos el muro y caminábamos por las callecitas laterales de su barrio, donde nos besábamos de manera exagerada sin que nadie pueda juzgarnos.
Acuarela

Las pelirrojas de la cuadras estaban perdidamente enamoradas de él. Eso no me sorprendía en absoluto, ya que cualquier ser vivo quedaba hipnotizado por los cristales canela que llevaba por ojos. A mí me daban unos celos terribles cuando lo rodeaban para pedirle tereré o consejos sobre lectura astrológica. Ponía una cara de pescado insoportable pero él me amaba tanto que se reía y me levantaba la pollera tableada para que se me pase el enojo.
Una vez nos escapamos a una ciudad cercana. Necesitábamos caminar de la mano lejos de las pelirrojas y de la directora agreta, que siempre nos terminaba interrogando cuando nos encontraba en el patio trasero de la escuela.
Esa vez llovió a cantaros y el único barrilete que llevamos para jugar se partió en dos. Tuve miedo de que eso nos represente un mal pronóstico, pero mi enamorado tenía poderes de otra galaxia y disfrutó de mi expresión de sorpresa, cuando unió las varillas como un mago.
Antes de que el cielo se tiña de violeta, él me propuso dormir en la costa del río Paraná. Teníamos 14 y 15 años así que el mundo era nuestro y dije que sí. Acostados en la arena, sentí todos los colores que le puso al dibujo que hizo con sus dedos sobre mi escote. En los albores de la vida conseguimos subir al puente que unía éste planeta con la luna y de manera brillante nos escribimos un buen pedazo de eternidad entre las piernas.
El inventor de naves voladoras me presentó a los más estremecedores escritores de la literatura universal, llenó su pequeña habitación con canciones de Silvio Rodríguez que yo entendí años después, me dejó jugar con sus rulos cuando se dormía mirando una película y nunca cuestionó mi insistencia de quedarnos hasta las cinco de la mañana para atrapar el amanecer.
Recorrimos el espacio en bicicleta y en un concierto de boleros nos apretamos los enredados dedos de las manos para pedirnos que esa historia nos dure para siempre. Pero en alguno de esos malditos momentos del final de las historias, nos perdimos en la multitud mundial.
Hace poco volví a ver un barrilete azul y me aferre a la cuerda de serpentina. Antes de que vuelva a comenzar el carnaval de aquel año, quizá pueda abrazarlo en un recuerdo más", rememoró la mujer de alas verdes. 

martes, 9 de agosto de 2016

Fotosíntesis de la Mariposa (cuento)

No me dijo su nombre, ni su edad, ni dónde ocurrió todo aquello, pero la mujer de alas verdes, ésta tarde me contó algunas cosas sobre su vida y su metamorfosis.  
Dice que no conoció a papa Noel y cada navidad en su aldea se hacía una fiesta enorme a la que no podía ir. Sus cuidadores eran de una extraña religión, estaban convencidos de que los festejos pertenecían al demonio. El pueblo estallaba en risas y ella espiaba por la ventana los fuegos artificiales que cubrían el cielo, como un espejo de la felicidad que experimentaban sus vecinos.
Ella se escapó justamente un día antes de navidad, de algún año. Armó su pequeña valija con casi nada, solamente guardó la palabra “poesía” y trepó la reja. Corrió tan fuerte como pudo hasta el río y cruzó la selva a remo. Convenció a un pájaro gordo de cruzarla al otro lado de su país y se cambió el nombre por primera vez.
Acuarela

Dice que llegó a una enorme ciudad plagada de serpientes, conejos, ranas, príncipes falsos, cortesanas pelirrojas y hoteles de mala muerte en cada cuadra. Era el lugar perfecto para confundirse con el paisaje. Nadie puede mirar a una niña como era ella, en un poblado tan vertiginoso.
Vivió un tiempo sintiendo que sus cuidadores podían estar vigilándola, hasta que un día conoció a la hechicera Aurea y en una conversación ceremonial, descubrió que por mucho que la buscaran no podrían encontrarla. Aurea le dijo algo así: “tranquila, el tiempo que ya llevas viviendo acá te transformó, no pueden encontrarte porque vos dejaste de ser aquella que escapó”. La mujer de alas verdes no pudo entender en aquel momento que esa enseñanza, era el primer peldaño de un enorme puente que comenzaba a cruzar.
Acuarela

Una noche se animó a ingresar a una fiesta. Era verano y entonces eligió el único vestido elegante que le consiguió Aurea. Se paró frente al espejo, se estiró con un peine el desprolijo cabello hasta los hombros y dobló la cintura como una muñeca para espiar su espalda. Ella no me lo dijo, pero yo me la imagino preciosa.
En la fiesta giró entre los cientos de seres que hablaban, comían, bailaban y se rosaban. Una pelirroja que todavía no era cortesana le ofreció vino, un conejo dijo conocer al mismísimo conejo de Alicia en el País de las Maravillas. “Ese miserable fue novio de mi prima”, dijo el conejo que fumaba más que el escuerzo, “la dejó con miles de crías y corrió sin parar atrás de Alicia, hicieron la obra en todos los pueblos del continente y se llenaron de plata los desgraciados”.
Cuando se libró del oscuro conejo rezongón y de la pelirroja que se transformaba en alcohólica, apareció un falso príncipe. “¡Encontré a la princesa!”, gritó el apuesto muchacho, “¿puedo pedirte que me dejes ser el dueño de tu corazón?”. Ella se vio rodeada de una neblina turquesa y la tentación de entregarse desde lo más profundo le corrió por las venas como un veneno. No se acuerda bien como le dijo que “sí”, pero dice que jamás se va a borrar de la mente el momento en que el muchacho, sacó de la boca una lengua bípeda que comenzó a rodearla como un enorme gusano.
¿Ella gritó horrorizada?, no. Dice que cuando se dio cuenta de que estaba a punto de ser tragada, inventó una estrategia de escape. Una vez escuchó la historia sobre el canto de las sirenas. Entonces la mujer de alas verdes habrá cantado de manera aguda hasta que la pesada lengua de ese ser, cayó al suelo como un enorme miembro asustado.
Acuarela
Una vez más necesitó escapar de aquella jaula. Por eso subió a la terraza y se robó el avioncito de papel. Voló durante toda la noche sobre el inmenso océano. Cerca del amanecer vio la pequeña isla de Acuarela. La punta del avión se clavó en la arena y ella entró desnuda en aquel recinto del mundo completamente anónimo.
Igual que un animal que sabe que va a morir, se deslizó por el tronco de un árbol y se cubrió con la crisálida violeta que brotó de su corazón.
Respiró.
Escuchando los cantos vegetales de la selva esperó allí dentro durante todo el invierno.
Despertó dentro del fuego del sol, su vieja piel quedó colgando de la rama como un viejo disfraz.
Como si siempre hubiera sabido su naturaleza, observó con amor las enormes alas verdes que le crecieron en la espalda.
Me dijo que cada vez que una tristeza del mundo la toma por asalto, ella junta fuerzas recordado aquel instante. Como una experta agitó sus extremidades voladoras y saltó al vacío. Cuando miró hacia todos lados en el aire estelar, lloró de emoción. Estaba empezando a recorrer el universo.

9 de agosto de 2016. 

martes, 2 de agosto de 2016

Hombre rata (borrador de un cuento)

Todas las noches lo mismo.
“No quiero, no puedo, no sé, no me sale”, me estoy repitiendo. Estoy cansada de repetirme así. ¿Sabes lo desesperante que resulta pensar que el único relato interesante fue aquel de la pornografía en Japón?. Solo esa vez cuando me imagine que ella soñaba ser una estrella porno en el mundo arroz, pero nada más.
Porque falta mucho para que la conozcas, pero podes saber desde ahora, que ella no quería ser el objeto de nadie, y aunque no se diera cuenta de la jaula en la que vivía, ella solamente se estimuló una vez pensando a millones de japoneses codiciosos de su escote púber en alguna gigantografía vulgar, perdida entre miles de carteles escritos con esos jeroglíficos que llaman idioma.  
Qué pobreza imaginativa. Ahora que me acuerdo bien de la cara que imaginé en las portadas de las revistas para hombres japoneses. ¿Con qué se excitan los japoneces?. Vaya uno a saber.
La cosa es que ella, salida de mis dedos en el teclado, prisionera de él. De él no vamos a hablar, no por el momento. Ella no era importante para nadie y ¿sabes que es completamente innecesario?, decir que estaba aburrida de todo.  
¿Qué pasa con las mujeres cuando nos aburrimos?. Pero no digo aburrirnos una tarde dando vueltas por la casa, o una noche cuando no hay pintura que arregle el par de ojos opacos. ¿Qué pasa cuando las mujeres realmente nos aburrimos profundamente de todo?.
¿Qué pasa cuando la lívido de los japoneses dejó de estar en el cuerpo casi de varón adolescente que todavía cargaba ella a esa edad?.
Las historias de este estilo tienen el problema de interrumpirse por los cuestionamientos estúpidos del cerebro, que como una sanguijuela se infiltran. “¿una joven con cuerpo de varón púber que se imagina como estrella porno de los japoneses?, qué linda, que ocurrente”, y se ríe con la soberbia del venenoso.
Por eso nunca llego a escribir el momento donde camina por la calle y encuentra una bolsa negra que se mueve como si contuviera a un animal vivo adentro. Por eso ese momento, que debería ser relatado una noche de luna enorme pierde fuerza o genera un cuestionamiento más. ¿Qué contiene la bolsa?.
Una rata. Que sale inyectada cuando ella le da aire al nudo de plástico. Que fiasco ésta historia sin movimiento. Porque ella camina de noche, encuentra una rata que escapa, se imagina ganando millones gracias a la pegajosa lívido japonesa y entra en el único bar que queda abierto a esa hora.
¿Conoce a alguien en el bar?. Sí, pero no es el amor de su vida ni pavada parecida, es un imbécil más de los que ve cada noche. Porque además hay que aclarar que no llega allí buscando un trago de bebida blanca, sino que al cruzar la puerta se dirige a la cocina y sale vestida de mesera, o mejor dicho, con un delantal negro viejo al que ya se le borró la inscripción barata del lugar.
¿Pero a quien conoce?. Conoce al hombre rata, ese ser abominable que la siguió de adentro de una bolsa negra tirada en la calle.
“Qué absurdo”, dice, “los hombres no salen de bolsas negras mostrando un cuerpo de rata”.
No importan esas opiniones improductivas. Sé perfectamente que el hombre rata se perdió en el aroma que llevaba la muchacha y se sentó con los dientitos separados y la nariz puntiaguda a pedirle un café con leche, que pretendía tomar en la barra para mirarla trabajar.
¿Sabes que es peor que estar aburrida?. Sí, estar aburrida y que un hombre rata se siente a pocos metros para tomar de a sorbos ruidosos el café con leche que le serviste especialmente con veneno para ratas.
“¿Lo mata?”.
No lo mata, pero se imagina matándolo de ese modo, lavando la taza inmediatamente con lavandina, escurriendo el cuerpo hasta la vereda y echándole alcohol encima.

Solo imaginación que da batalla a la absurda vida de un personaje, en el último de los momentos de la vida en la tierra.
“¿Tiene sentido contar esto?”.
No sé nada sobre el sentido de las historias, pero ésta es una espina que tengo clavada a un costado de la costilla. Necesito que algún día se desprenda por completo de mí.
“¿Escribir un relato absurdo te puede sacar la espina?”.
Eso espero.
“¿Y cómo sigue?”.
El hombre rata se termina el café con leche y en lugar de pagar la cuenta le ofrece un sobre gris. Se levanta de la silla, camina a la puerta apresurado y antes de que pueda escapar se desata una tormenta de verano.

Ella le grita que tiene que pagar su cuenta, pero ve al hombre rata desaparecer en medio de la tempestad. 

jueves, 14 de julio de 2016

¿La tentación del presagio o no? (cuento)

Ella vendía marihuana en el Parque Lezama y él trataba de ser músico, ella siempre tenía las manos frías y él prefería dormir desnudo porque le molestaban los cuellos de las remeras y los elásticos en la cintura.
Se vieron cuando ella corría lluvia abajo, en medio de los árboles y él buscaba llegar al bar de la esquina sin que se le moje la guitarra. A ella le dio gracia la forma ridícula en que lo vio cruzar por enfrente y se tentó de la risa.
Acuarela

Llegaron al borde del cordón y los detuvo el semáforo. Sin más opción que mojarse y ver cruzar a los colectivos, a él le llamó la atención la forma, en la que seguía riéndose ella.
Entonces volteó a mirarla, y ella hizo lo mismo. En el mismo segundo.

_”¿En el mismo segundo?”_, le pregunto asombrada.

Sí, y al parecer fue fatal el impacto. A ella le produjo pudor reírse y él tuvo la sospecha de que el reloj se había frenado un minuto entero.
Llovía, ¿eso lo entendiste no?. Lo que no te aclaré es que diluviaba. Imagínate todo el Parque Lezama vacío y con una brutal tormenta sobre sus cabezas, justo cuando van a cruzar por la esquina.
Ella se asustó con aquella sensación y aceleró el paso, y él quiso saber qué carajo le pasó con el tiempo, por eso la siguió. Y más la miraba y más se congelaba el tiempo. Llovía y los dos daban zancadas en los charcos que ya se habían formado.
A la cuadra y media dicen que él no aguantó más y le dijo: _disculpáme_ ella se dio vuelta,  _¿vos te llamas Laura?_ le preguntó entonces.

_”¿pero qué?, ¿la conocía?”_ interrumpo.

No, claro que no la conocía, pero fue lo único que se le ocurrió en ese momento. Entonces pasó algo que todo el mundo quiere explicar de alguna forma. Algunos llaman destino, otros, casualidad, ahora también se habla de causalidad, lo que quieras pensar.
“sí”, le respondió ella, “me llamo Laura”. Y ahí sí, el tiempo se detuvo por completo.
“¿Laura?, ¿enserio te llamas Laura?”, dicen que le preguntó él de manera completamente desubicada. A ella le generó una rareza absoluta la situación y por educación preguntó: “si, ¿nos conocemos?”.
“No”, le respondió él.
“¿No?, ¿y cómo sabes que me llamo Laura entonces?”, se desesperó ella.
 “Yo me llamo Horacio”, trató de cambiar de tema él y ella lo quedó mirando como si estuviera loco. “No sabía que te llamabas Laura, lo que pasa es que te quería preguntar si a vos también te había pasado alguna vez que se te paralice el tiempo?”.
“¿Qué se me paralice el tiempo?”, le respondió con tono de sentirse burlada.
“Disculpame, no te estoy haciendo un chiste. Lo que pasa es que recién el tiempo se paralizó cuando estábamos… No me hagas caso, disculpame”. Se sintió un boludo y comenzó a caminar por delante con la guitarra completamente empapada.
Ella se quedó parada sosteniendo su paraguas y al verlo esquivar la lluvia solo con los brazos, corrió hasta alcanzarlo para cubrirlo hasta algún techo. Media cuadra después el bar estaba cerrado. Ese feriado la ciudad era fantasmal.
Caminaron un poco más para encontrar algún refugio y la conversación los fue enredando. Ella escribió después que tuvo la sensación de haber quedado a solas con el rey, cuando ya no había más piezas en el tablero.

“¿Y cómo sigue la historia?”_ me desespero. 

No sé.

“¿Cómo que no sabes?”, me indigno.

Ya habrá tiempo de saberlo. Por ahora quedate con esa imagen bajo la lluvia. Aunque, ¿Podríamos jugar a adivinar como sigue no?. Solo tenes que estar dispuesta a enfrentar cualquier tentación de caer en el presagio. 

15 de julio de 2016. 

lunes, 13 de junio de 2016

Un Planeta llamado Película

Tal cual lo indica su nombre, el Planeta Película es la auténtica tierra natal de los novelistas. Allí, los escritores más errantes del arte, naufragan por sus creaciones. Sin necesidad de contratar actores, escenografías, ni filmadoras, sus novelas cobran vida en un cine de tres dimensiones.
Acuarela, lápiz y fibra negra. 

Fausto era uno de los fundadores del Planeta Película, y hace años recorría cada pequeño poblado para conocer las obras de sus vecinos. Cada novela se desarrollaba en una pequeña isla, y así, como los asteroides del Principito, se diferenciaban los mundos que coexistían en el planeta.
Filomena era actriz, y había sido echada del Planeta de Hierro. Resulta que su sangre estaba siempre a elevada temperatura, lo que generaba el movimiento continuo del territorio metálico. Los congresales del Planeta de Hierro decidieron enviar a Filomena al Planeta Película. “Es actriz”, dijeron “ahí estará mejor que aquí”.  

Fausto pretendía marcharse aquella mañana, había pasado la noche en la isla “del otoño más largo de la historia”. Esa Isla fue el escenario de la novela que llevaba el nombre homónimo. Un relato grumoso, lleno de lugares comunes, pero con una trama de amor, de esas que te atrapan hasta el final. El decorado era bastante cursi y las tomas dramáticas siempre estaban encuadradas con poca profundidad de campo que desenfocaba el otoño. Pasar la noche ahí, era una oportunidad para pedirse una copa de vino en el bar del Hotel y soñar con la música que salía de la radio de trasnoche.

Filomena llegó con la lluvia que impidió la partida de Fausto. Esa mañana en el muelle, todo estaba cubierto de colores fundidos y opacos, entonces ella se ató fuerte el sombrero blanco para bajar del velero.  

“¡No volveremos a salir por hoy!”, gritó el Capitán. Filomena pidió paso para cruzar el pequeño puente y Fausto sin mirarla replicó al capitán, “¡imposible, tengo que irme hoy mismo a la siguiente narración!”. El capitán vio venir la tormenta y ordenó “¡No va a poder ser Don Fausto!, éste día tendrá que narrar desde acá”, cruzó por adelante y agregó “pero no se amargue hombre, que esta tormenta la ha traído usted mismo”.

Filomena se adentró en el escenario fabuloso que habían montado para la novela “del otoño más largo de la historia”. Sonrió a pesar de estar empapándose y caminó mirando las terrazas de los edificios simplones, pensando que podía interpretar a cualquier tipo de protagonista en ese universo.

Fausto volvía malhumorado del muelle cuando al cruzar la plaza central, vio a la muchacha con el vestido dorado y los zapatos rojos, empapándose con los brazos extendidos al cielo. “Pero por favor”, pensó Fausto, “que escritora de tan mal gusto, representando una escena como si ella misma fuese su personaje”.

Esto lo sabe la mayoría de la gente, pero como siempre hay algún despistado, recordamos que en el Planeta Película, es realmente de baja categoría buscar un parecido con los personajes. Era evidente el daño que causaba a la historia, que los escritores quisieran sentir como sus creaciones.

“Disculpe señorita”, dijo Fausto irritado por la ruptura de la norma. Filomena giró sobre su eje y lo miró a los ojos mientras su amplio sombrero blanco, parecía un paraguas sobre la cabeza. “¿Se puede saber de qué se trata la historia que está narrando?”.

“¿Narrando?”, y la lluvia los estaba empezando a dejar fríos, “yo soy actriz, no narro nada, yo interpreto”. Fausto gritó, “¡¿Una actriz?!”, y desesperado, “¡¿Cómo puede ser que la hayan dejado ingresar?!”.

Filomena pensó que el muchacho de piloto marrón la iba a expulsar de aquella ciudad de sus sueños, así que empezó a correr. Fausto tardó en reaccionar y la siguió por la avenida cuesta abajo que se abría en el boulevard. La lluvia para entonces, empezaba a ser más pequeña.

Fausto creyó ver como entraba a un colegio primario y la siguió. Los niños como un maremoto, marearon al escritor exhausto. Filomena logró escapar.

Hacía tiempo que el gran creador de fenómenos fantasiosos, se había resignado a explicar los mundos desde las fórmulas tradicionales. Luego de horas recorriendo cada esquina del pueblo, Fausto empezó a pensar que quizá la muchacha era solamente una proyección de su cerebro, un nuevo personaje que aún no tenía todas las dimensiones necesarias.

Volvía al Hotel de siempre, cuando la vio en una feria americana probándose lentes. Se quedó quieto y decidió ocultarse detrás del puesto de diarios, su cuerpo seguía húmedo debajo del piloto y ella se había puesto una remera blanca y un jeans clarito que evidentemente compró por pocas monedas en ese mismo lugar.

De lejos se la veía sonreír y hacer muecas frente al enorme espejo. Ella estaba jugando igual que si fuesen disfraces. Sin hacer ruido ni parecer sospechoso, se ubicó cerca de la puerta y esperó a que saliera. “Señorita, disculpe, no se asuste”, dijo en voz baja cuando la vio cruzar el umbral. Filomena  volvió a intentar huir pero él le cerró el paso y le rogó que no saliera corriendo otra vez.
“¿Me va a echar de su planeta?”, preguntó ella angustiada. “Este no es un sitio para las actrices, nosotros tenemos nuestras propias creaciones señorita”, soltó él con frialdad.

“Si sus dramas son solo figuritas, nunca va a comprender el verdadero goce de una historia”, sumó ella con tono venenoso.

“El goce de escribir la historia, es conducir una nave que nos lleva a un destino premeditado”, se defendió él.

“Eso es lo más absurdo que escuche en mi vida”, se quejó la interprete, “ninguna historia que valga la pena, tiene una sola posibilidad de desenlace”.

“No necesito que una simple actriz quiera juzgar mi profesión. Señorita, cuando usted lee los guiones que interpreta, ¿no ha notado la estructura?. Los elementos están puestos en función del correcto desenlace, casi es una fórmula matemática”.

“¿Cuándo fue la última vez que escribió una historia que lo motivara realmente?”, preguntó ella sin permiso de indagar.

Fausto frunció las cejas, dejó caer los parpados, se mordió un poco los labios y dijo que se le hacía tarde, que no podía seguir perdiendo el tiempo con una simple actriz. “¡Quédese si quiere!”, rezongó antes de darse media vuelta y agregó estando de espaldas, “lo único que le pido es que por favor se mantenga lejos de mis narraciones”.  

***

¿Continuará?…

martes, 17 de mayo de 2016

Galaxia Rosa (cuento)

Psicodelia. La galaxia rosa era un lugar en el que ya había estado en otra vida, o en otra dimensión de ésta misma existencia.

Allí seguramente usé el pelo inflado y aros de plástico, blusas a lunares y polleras por encima del ombligo. Es seguro que ese lugar estaba guardado en mi ADN para que un día sea capaz de volver y transitarlo desde su propio vientre. Por eso no me generó mayor problema caminar por las callecitas de ese pueblo fantasma, teñido de sepia, pero rosa viejo.

Ilustración Ariel Tenorio
Un lugar habitado alguna vez, por un enjambre de mujeres que cultivó sus proyectos de existencia muy lejos de los hombres. Mujeres que fueron capaces de construir inclusive, un ecosistema completo de auto reproducción.

Cuando llegué me sentí tan gris, tan cubierta de pelos, y marcas, y huellas de cicatrices pasadas. Tan cubierta de pecas o manchas, profundamente inflamada por tanto viaje de espacio y tiempo, que por el momento, no soy capaz de describir para que suene realista.

Caminé por un pueblito diseñado para una muñeca de porcelana. Si hubiese sido alguien con miedo de las apariciones, me habría paralizado la sola idea de que alguna niña diabólica salga de las vidrieras repletas de golosinas y peluches. Sin embargo no. En ningún momento tuve miedo, ni hambre, ni sed. Era como una muerta, que camina en un pueblo muerto, pero paradójicamente, sintiéndome más vital que nunca. Alguien capaz de dejarse envolver por el polvo rosa, que como brillantina, había por todas partes.  

Las calles subían y bajaban histéricas, todo el lugar tenía la palpitación de un organismo a punto de menstruar. Así que conociendo los síntomas, me saque los zapatos y caminé descalza por las calles anchas.

Si hubiera sentido hambre seguramente habría tomado alguna de las masas y medialunas que se exhibían en los mostradores de los barcitos abiertos de par en par, como si todavía existiera movimiento humano allí.

Yo no estaba de casualidad, y caminaba como si buscara algo. En las casas a las que me metí sin pedir permiso y solamente empujando un poco las puertas, tomé varios teléfonos antiguos, de esos que había que girar una rueda hasta el número para marcar. Me los puse en las orejas para escuchar el tono, pero con todos pasaba igual. Una música muy psicodélica se escuchaba como tono de espera, y sin dudas se hacía interminable así que terminaba cortando. Todos los teléfonos  muy antiguos, muy conservados y muy rosas. Todo era rosa, absolutamente todo. Era como si fuera blanco y negro, pero el tono era rosa y yo seguía muy gris a pesar de arrastrar la brillantina, que por el sudor se adhería a mi piel.

Y el tono de los teléfonos invadió todo el pueblo, de un momento a otro era una música ambiente, sutil pero penetrante. Por eso me empecé a desesperar, y aun así en ningún momento me cuestioné qué estaba haciendo ahí. De la misma manera que en mil ocasiones naturalizo todo y no me pregunto el porqué de la existencia.

La música se apoderó de mi cuerpo, y todo empezó a girar. Y cuando estaba a punto de vomitar la vi, y súbitamente todo se frenó.
Excepto ella que seguía poseída por la psicodelia rosa de la música. Cuando la vi, literalmente se me frenó el corazón y casi me ahogo cuando se me cortó la respiración.

Ella bailaba con los ojos cerrados. Estiraba los brazos al aire, movía un pelo largo y lacio. Una hermosa cabellera que le rosaba la cola con las puntas. Ella estaba bailando completamente poseída por el sonido y completamente desnuda.

Su piel era un terciopelo anaranjado perfecto. Cada milímetro de su piel brillaba.

Cuando volví a respirar, pude prestar atención a cada detalle de su cuerpo y me detuve sorprendida en su cara.

Ella era yo.

Esa mujer que bailaba frente a mí era yo, pero en un estado puro y libre. Entonces la mire largamente sintiendo que mi cuerpo se diluía. Cuando ya no pude más, cerré los ojos, cedí el peso y entre en un estado de meditación profunda.

Así me vi danzando frente a una imponente orquesta, moviendo las piezas de un ajedrez gigante, arriba de una moto a toda velocidad por las calles rosas del pueblo. Sentí nostalgia y el estómago nauseabundo de tanta libertad. Pensé en gritar y grité.

Me nacieron alas, me nacieron escamas, se me cubrió el cuerpo con un pelaje de león, mi boca se transformó en el pico de un cóndor, me desperece como un oso y corrí llorando hasta saltar al abismo.

Así estuve en el cielo y el subsuelo a la vez, ni adentro ni afuera, donde dar y recibir significaba exactamente el mismo movimiento.
Abrí los ojos y la volví a ver. Ella también me observaba. Se quedó quieta para que me mire detalladamente. Tantos años viviendo conmigo misma y todavía no me había detenido a mirar mi cuerpo con genuina curiosidad y libertad.

La toqué. Primero con una intensa timidez, casi temblando de la impresión. Pero toque todos los rincones de su cuerpo. Éramos completamente iguales, pero ella tenía todas las cicatrices del cuerpo curadas, todas las marcas de la vida estaban cicatrizadas.

Volví a cerrar los ojos y ella abrió dulcemente mis piernas. La música había construido una pesada neblina a nuestro alrededor. Yo respiré profundo y después aullé gemidos desesperados. Grite de placer como si estuviera pariendo, aunque nada había tocado mi cuerpo ni con una pluma.
Ella perdió materia. Yo no la vi porque seguía apretando los ojos y gimiendo desordenadamente. Ella se transformó en neblina rosa y entro a mi cuerpo por mi entrepierna.

El espasmo se hizo cada vez más fuerte mientras ella acomodaba sus brazos en mis brazos, sus piernas en mis piernas, su vientre, su espalda, su cuello, su cabeza y su sexo en mi sexo. Ella se metió entera en mí. Yo me metí entera en mí.

Ilustración Ariel Tenorio
Y como en un film de los años cincuenta, vi mi boca roja y retro, abierta de cara al cielo. Y de mi boca salió un humo rosa que me envolvió todo el cuerpo como una crisálida. Entonces sentí en el propio vientre un desgarro. Desaté la castración a la libertar y al placer de todas las mujeres que tejieron mi árbol genealógico y terminé.

Después de sentir el último espasmo me moví adentro de la cobertura pegajosa y después sólida. Con esfuerzo saqué de la crisálida dos alas blancas que extendí al sol y después de mirar por última vez aquel paisaje de fantasía volé afuera del pueblo. Volé afuera de la galaxia rosa.

Luz Magali Benasulin. Sábado 27 de junio 2015. Publicado por la Revista Sudestada en su edición de Septiembre 2015




domingo, 8 de mayo de 2016

Ser de trapo (cuento)

El sueño de los locos, la paz de las cárceles, la belleza de los cementerios, la felicidad de los hospitales, la esperanza de los marginados, las imágenes de los ciegos y las melodías para los sordos, la nueva oportunidad del suicida, el placer de las prostitutas, la sabiduría de los depresivos, los sentimientos del asesino, la paciencia del maniático, la sencillez del codicioso, el vuelo de fuego de la mariposa que decora el verde ésta mañana.
instantánea con celular 1
Tironean de tu carne en todos los sentidos, sos poco menos que un muñeco de trapo que luego naufraga por un río a punto de secarse. En la orilla te quedas a descansar sin proponértelo y tus ojos sin opción, miran a Dios.
Te hicieron con tela de la India y algodón latinoamericano, pero los hilos fueron comprados azarosamente en Italia y la etiqueta fue cocida en algún momento por los yanquis.
¿Para qué resistirse ahora que los afluentes del agua marcaron tu destino?. Porque la niña que te amo brevemente en Francia, te dejó en manos de una coleccionista alemana que se irritó después al notar que tus ojos no brillaban en la oscuridad. ¿Para qué resistirse ahora que todas las fotos que te sacaron aquella noche reposan en un cajón que nadie más volvió a visitar?.
Algunas veces estuviste en la boca de la bestia negra, y una anciana con olor a yerba mate en los labios te lavó y volvió a cocer, ahí donde la tela se había rasgado. Aquella mujer supo de tu belleza más allá de tanto maltrato. Y un hombre calvo te arrancó de la repisa de la anciana, por eso terminaste en el cuarto de una prostituta de diecinueve años que lo atendía los miércoles en el momento del almuerzo.
El mundo no pide disculpas pequeño hombre de trapo, apenas podemos llegar a entender con paciencia la ira de la pobre mujercita, que asqueada de su cliente te arrojó con desprecio a la basura, ni bien el tipo cruzó la puerta.
Así te encontró el loco, hurgando entre la basura y los escombros. Un hombre muy petiso y narigón que se sentía hermoso cuando lograba colocarse algo en la cabeza que se pareciera a una boina de pintor. Viviste así un tiempo, entre las cajitas de vino que se amontonaban sobre las migajas de pan viejo que solo servían para juntar moscas. Disfrutando por momentos de la lamida del perro manso que también hacía compañía al loco.
Una noche de tormenta la desdicha barrió con violencia el mísero ranchito que tenía el loco bajo la autopista. Nadaron por la alcantarilla sus latas viejas, las cajitas de cartón, el pan hinchado, el colchoncito de goma espuma, los cinco pesos que le obsequió un estudiante de filosofía y vos viajero de harapos.
La correntada fuerte te llevó al desagüe y la energía del agua te alejó de la podredumbre del río en descomposición. Libre de dolor, libre de sueños, libre de ilusión, fuiste arrastrado por la marea en lo alto de la superficie como una canoa de madera balsa. ¿Qué más podría esperar un pequeño hombre de trapo?, si apenas podría decirse que el deseo modesto pasaba por no desaparecer simplemente en las aguas dulces del río.
El gorrión que te picó el pecho cuando te confundió con carroña pero se disculpó después, te dijo que arrojes tu pena en ese mismo río. Así fue como vos, que nunca cuestionaste tu suerte, aceptaste la propuesta y tu dolor dio giros en los remolinos de la correntada para desaparecer después.
La enorme sensación de paz te dejó cansado, por eso cerraste los ojos y te quedaste dormido, por eso no pudiste notar la orilla hasta que chocó en tu espalda, por eso sin opción pero con profunda paz, miraste de frente a Dios.
instantánea con celular 2 
Pero en tu vida todo fue tan natural, que inclusive no te asustaste cuando tu pecho empezó a elevarse, a inflarse y desinflarse como un globo en la boca de un niño. ¿Quién podría imaginarse que ese ruido de tambor haciendo pulso era tu corazón?.
Por fin sentiste el calor del sol cuando acarició tus hilos blancos, una piel de vainilla antes del azúcar. Los ojos encandilados hicieron foco en la arena y más allá de los árboles, muy lejos en el borde del río, tus ojos alcanzaron a una muñeca, que tendida frente al agua se refregaba las pestanas con las manos.
La curiosidad pudo darte el valor que la vida requiere. Por eso, una vez más sin razonarlo, te levantaste para caminar hasta ella. Así, de cara al sol, frente a Dios y a orillas del fin del mundo le extendiste la mano, y en silencio sin soltarse dieron los primeros pasos humanos.