lunes, 18 de julio de 2016

Intenciones (paisajes internos #15)

Silencio
Que me dé la paz que no consiguen esas palabras. La respuesta no llega del ruido que hace el miedo, ni de los juicios que construyo con recortes viejos de experiencias ajenas.
Caos
Que se liberen las imágenes grises, que se sacudan los discursos sórdidos, que griten las pinzas que me sujetan la garganta para no llorar. Que todo el desorden de vueltas por la casa como un huracán y que sea obligatorio ver como se escapan los viejos relatos por la ventana.

Acuarela

Risa
Que inunde todos los agujeros donde falta amor, que se burle de la mala suerte, que incendie la postura inservible del sufrimiento. Que dé paso al llanto profundo.
Lágrimas
Que absorban la falta de fe, que arrastren hasta el océano los retazos de ansiedad, que expresen sin vergüenza la emoción indescriptible y la sed natural.
Amor
Que deje salir la luz incandescente, que devore los matices de nuestros rostros, que nos descubra humanos, que nos perdone el presente inoportuno y nos sostenga de la mano, hasta que funcionen las alas que nos arranquen de la cuerda floja.  
Libertad
Que nos abrace como la mismísima tierra, nos consuele bajo las estrellas y nos permita volver a mirarnos con la sencillez de nuestra inocultable imperfección.  

18 de julio 2016.

jueves, 14 de julio de 2016

¿La tentación del presagio o no? (cuento)

Ella vendía marihuana en el Parque Lezama y él trataba de ser músico, ella siempre tenía las manos frías y él prefería dormir desnudo porque le molestaban los cuellos de las remeras y los elásticos en la cintura.
Se vieron cuando ella corría lluvia abajo, en medio de los árboles y él buscaba llegar al bar de la esquina sin que se le moje la guitarra. A ella le dio gracia la forma ridícula en que lo vio cruzar por enfrente y se tentó de la risa.
Acuarela

Llegaron al borde del cordón y los detuvo el semáforo. Sin más opción que mojarse y ver cruzar a los colectivos, a él le llamó la atención la forma, en la que seguía riéndose ella.
Entonces volteó a mirarla, y ella hizo lo mismo. En el mismo segundo.

_”¿En el mismo segundo?”_, le pregunto asombrada.

Sí, y al parecer fue fatal el impacto. A ella le produjo pudor reírse y él tuvo la sospecha de que el reloj se había frenado un minuto entero.
Llovía, ¿eso lo entendiste no?. Lo que no te aclaré es que diluviaba. Imagínate todo el Parque Lezama vacío y con una brutal tormenta sobre sus cabezas, justo cuando van a cruzar por la esquina.
Ella se asustó con aquella sensación y aceleró el paso, y él quiso saber qué carajo le pasó con el tiempo, por eso la siguió. Y más la miraba y más se congelaba el tiempo. Llovía y los dos daban zancadas en los charcos que ya se habían formado.
A la cuadra y media dicen que él no aguantó más y le dijo: _disculpáme_ ella se dio vuelta,  _¿vos te llamas Laura?_ le preguntó entonces.

_”¿pero qué?, ¿la conocía?”_ interrumpo.

No, claro que no la conocía, pero fue lo único que se le ocurrió en ese momento. Entonces pasó algo que todo el mundo quiere explicar de alguna forma. Algunos llaman destino, otros, casualidad, ahora también se habla de causalidad, lo que quieras pensar.
“sí”, le respondió ella, “me llamo Laura”. Y ahí sí, el tiempo se detuvo por completo.
“¿Laura?, ¿enserio te llamas Laura?”, dicen que le preguntó él de manera completamente desubicada. A ella le generó una rareza absoluta la situación y por educación preguntó: “si, ¿nos conocemos?”.
“No”, le respondió él.
“¿No?, ¿y cómo sabes que me llamo Laura entonces?”, se desesperó ella.
 “Yo me llamo Horacio”, trató de cambiar de tema él y ella lo quedó mirando como si estuviera loco. “No sabía que te llamabas Laura, lo que pasa es que te quería preguntar si a vos también te había pasado alguna vez que se te paralice el tiempo?”.
“¿Qué se me paralice el tiempo?”, le respondió con tono de sentirse burlada.
“Disculpame, no te estoy haciendo un chiste. Lo que pasa es que recién el tiempo se paralizó cuando estábamos… No me hagas caso, disculpame”. Se sintió un boludo y comenzó a caminar por delante con la guitarra completamente empapada.
Ella se quedó parada sosteniendo su paraguas y al verlo esquivar la lluvia solo con los brazos, corrió hasta alcanzarlo para cubrirlo hasta algún techo. Media cuadra después el bar estaba cerrado. Ese feriado la ciudad era fantasmal.
Caminaron un poco más para encontrar algún refugio y la conversación los fue enredando. Ella escribió después que tuvo la sensación de haber quedado a solas con el rey, cuando ya no había más piezas en el tablero.

“¿Y cómo sigue la historia?”_ me desespero. 

No sé.

“¿Cómo que no sabes?”, me indigno.

Ya habrá tiempo de saberlo. Por ahora quedate con esa imagen bajo la lluvia. Aunque, ¿Podríamos jugar a adivinar como sigue no?. Solo tenes que estar dispuesta a enfrentar cualquier tentación de caer en el presagio. 

15 de julio de 2016. 

martes, 12 de julio de 2016

Las cosas (paisaje interno #14)

Cuando es tan difícil amar a las personas, se hace muy sencillo amar a las cosas.
No es un amor materialista el que nombro. Lo que digo es que la mesa redonda de aluminio que compré a 20 pesos, en la vereda del local a la vuelta de mi primer departamento, siempre fue incondicional a mi transformación.

Acuarela

Es igual con la radio, esa que tiene rota la lectora de cassettes y de compact. Porque esa radio la tengo desde la secundaria, desde la época en la que escuchaba “Vida”, de Sui Generis. Muchos días de verano tomando tereré, sintiendo el olor a piel quemada y bronceador, observando los limoneros amarillos y planeando mi fuga a la ciudad. “Aunque viva con dos pesos”, pensaba mientras la radio hacia girar la cinta gastada.
No digo que sea posible amar así a todas las cosas, pero de solo imaginarme lejos de mis libros, ¿y la colección de tazas de los viajes cortos?, ¿o la pequeña heladera?. Ahora que te lo digo, mira cómo se me ponen las pulsaciones. Porque esa heladera tan chiquita e impráctica era la única que entraba en mi cajita de zapatos en el Abasto.
Eran los 15 metros cuadrados más amplios de mi vida, y ahí vivía con la heladera que fue la última en llegar. Estábamos un poco apretados a lo último. Éramos: el colchón (sobre la cama de madera que ya estaba), la mesita redonda que te decía, la silla blanca de plástico, la pava sobre las hornallas eléctricas, el mate que siempre me olvidaba de limpiar, las cortinas que hice con los pareos violetas, la radio (todo el día), y la heladera pequeña que entraba justo en el único lugar que había dejado el alfiler.
Son esas pequeñas compañías que construyen un ritual silencioso en ésta ciudad vacía. Vos no me vas a creer, pero ese lavarropas y yo tomamos muchos mates mientras él trabajaba y los rayos del sol, todavía vestían el patiecito durante el verano pasado. No es fácil decirle adiós a los carreteles de cables que pinté para transformarlos en mesitas, y aunque no hayamos compartido tanto tiempo, también será un momento especial cuando abrace al estantes para papa fritas, que traje de la calle convencida de haber encontrado la segunda biblioteca ideal.
¿No vas a darme tu punto de vista?_ pregunto después de sentir que estoy hablando sola.
Ella mira el fuego del sol y de pronto se le escapa una sonrisa ocasionada por algún pensamiento.
“Podes despedirte igual que de un gran amor”, y me mira. “Podes animarte a pensar, que tampoco las cosas son eternas en la vida de las personas”.
“Está bien, te lo pongo de ésta manera: ¿alguna vez pensaste cual es la última mudanza?”.
Respiré profundo y la escuche: “¿ves aquellas luces?, son viajeros de otros mundos. Ellos vagan por distintos sistemas porque andan livianos. Vos tenes un traje muy pesado ahora, pero un día vas a volver a la tierra, vas a sentirte agua, vas a dormir dentro del fuego y vas a volar en los vientos del mar”.
“La última mudanza requerirá despedir al propio cuerpo. Puedo entender que te cueste mucho dejar atrás las palabras de tus libros, los ojos de tu heladera, las manos de tu lavarropas, las tazas de las ferias artesanales. Pero imaginate que te enamoraste con euforia, que el tiempo compartido ya lo tenes por debajo de la piel, que aunque viajes en miles de formas, esa energía ya es parte de tu ser”.
La miro pero no la veo, estoy pensando en eso que dice.
“Despedite de todo lo material, es tiempo de que te animes a la magia”.
Me mira de reojo y estira la comisura del labio en una media sonrisa.
“La magia no se puede atrapar, no se puede sostener, no se guarda en una valija. Sin embargo, si te animas, podes ser parte de la magia”.
Aprieto los labios tratando de entender. “La materialidad del amor, es la magia. Pero si queres amar desde la seguridad de tus objetos, lamento decirte, que no vas a poder experimentar nunca, la verdadera magia del amor”.
Suspiro… Y el sol que es fuego, se diluye mágicamente cuando se trepa en el aire.


13 de julio 2016. 

lunes, 11 de julio de 2016

El instante hormiga que podes convertir en Infinito (paisaje interno #13)

“Siempre es tan sencillo para vos, que te desanudas las alas y me abandonas al cruzar la ventana. No importa que seamos la misma, no te importa si me arrancas una parte, no te acordas nunca de mirar para atrás, mientras te miro partir”, me digo.
La transformación ocurre como el mismísimo desdoblamiento del ser, por eso los retazos viejos se acumulan como pliegues de un antiguo disfraz y resucita el fuego original, ese que no claudica ante los poderes de la luna.
Acuarela

¿Qué puedo saber yo de la puta vida?. La que siempre tiene alguna respuesta ingeniosa es ella, esa parte caprichosa de mí ser, que necesita sobrevolar la noche. Solo ella puede reírse desde la terraza más alta y tomar veneno en el bar de la esquina, sin morir.
Cuando se encontró con la ciudad por primera vez, me miro de reojo en el baño de una cafetería y ya eran más de las siete de la tarde. Pagamos la merienda menos de cinco pesos y asimilamos la tragedia y la abundancia con el mismo ímpetu.
¿Qué puede importar si alguien la entiende?, yo que la conozco bastante y no del todo, sé que a lo sumo le preocupa su propio registro de lo que acontece, en la película que inventa para sí misma.
“No se puede vivir así”, rezongo la mayor parte de la noche, pero ella cultiva alucinógenos en la superficie blanca del satélite y me convida un mate con gusto a menta. Estoy cansada la mayor parte del día, hambrienta, con insomnio y decenas de preguntas sobre todas las cosas del mundo, pero ella apenas me escucha.
Hace algunos días trajo una enorme valija y dice que quiere llevársela vacía. “Te pido por favor que me expliques los planes del futuro”, le digo casi en un gritito agudo que manifiesta mi histeria. “¿Los planes del futuro?”, se ríe, “pregunta eso al futuro, a mí siempre me toca improvisar”.
Esta misma noche decidí no acompañarla y se divierte flotando con las alas verdes entre los edificios de Buenos Aires.  Antes de irse me preparó un café con leche y me dijo “tu opción por la libertad significa hincar el ojo en el ridículo, quemar los viejos mandatos, abrazar este cuerpo y soltarlo en el abismo, entender de una buena vez por todas, que la oportunidad es el instante hormiga que podes convertir en infinito”.

11 de julio 2016. 

sábado, 9 de julio de 2016

Espina de fuego (paisaje interno #12)

Me estás diciendo demasiadas cosas a la vez, hay una parte del mensaje que se enreda con el viento, mientras me ves aullar como un cerdo al que lo sacrifican a plena luz del mediodía. Se hunde la yerba usada en el resto de los residuos. Hay un agujero que se hace imposible evitar.
Basta!, me quiero bajar de tu calesita con olor a naftalina, hay una pesadilla recurrente donde te veo flotando en el espacio, sin saber a dónde vas. Fugaz, cada segundo con su fugacidad, somos tan etéreos que no merecemos amor, ¿por qué amar el instante?, nadie en su sano juicio lo haría con las cosas como están hoy.

Quiero prender la radio del futuro, y que el locutor describa nuestro caso en medio de una tormenta de verano. Renuncio a lo concreto y me clavo en el corazón una espina de fuego, toda la sangre me descubre vacía, pero no te preocupes: son los gajes del oficio.
Acuarela 
 

martes, 5 de julio de 2016

La danza de la sombra (paisaje interno #11)

El pucho invisible se consume en cámara lenta y la habitación devora el sutil calor que produce el fuego de la punta. Me agotó la jaula de los payasos, ya no quiero volver a verlos ni en mis pensamientos, ¿pero y ahora qué?, si la ciudad sigue tan serpenteante como cuando llegué.

Mi sombra se escapa de la aplastante figura enredada en las colchas. Hay una hora de la vida, en que solo podemos abrazarnos al colchón, como si alrededor se desparramara lo que queda del mundo que nos inventamos.


Le doy la espalda adrede, no estoy para presenciar su danza. No sé porque se empeña en invitarme a caminar sobre su cuerda floja, ya bastante tengo con el suelo firme que tiembla mucho desde que todo comenzó.
Ella baila y no le importa deformarse, tiene ese giro sobre su vientre que le permite dejar caer los recuerdos. En el ritual están sus miedos buscándole los pies, pero sus formas sostienen la conexión directa con un sol de noche.
Vuelvo a girar desde mi piel de oruga hecha de sábanas, la espío para sostener los buenos modales y me pregunto qué pasará con ella el día de mi muerte. Irritante sombra sin cuerpo, usurpándome los pliegues de la carne para demostrarme que su danza es más poderosa que el llanto o la risa.
Danza mi propia sombra y me roba los pensamientos estúpidos, excita a mi curiosidad que se me escapa para acompañarla en su salto sobre el fuego. “¡Incendiemos la oscuridad!”, grita la desquiciada sombra. “¿Vas a esperar a que te sorprenda el final del cuento?”, me interroga. Me tapo la cabeza con una almohada, el miedo al mundo es pasajero pero verdadero.
La ceremonia de la sombra es una danza de calor original. Aunque no sean horas de levantarme de la cueva en la que hiberno, ella convence a mi sangre y entonces sedo. Giramos a solas y con los ojos cerrados, nos trasladamos a la primavera.  
“¿Qué día es hoy?”, le pregunto con la mirada hacia adentro. “El único día del mundo, infinito en sus ciclos, estaciones, horas y formas. Pero que no te confundan, el mundo solo tiene un día y siempre es hoy”.

Sonrío con los parpados pesados y el cuerpo gravitando, a veces es necesario salir a bailar con la propia sombra. 

lunes, 4 de julio de 2016

Fotografía en movimiento (paisaje interno #10)

Belleza. Ella deja caer la blusa blanca de seda al suelo y él la observa como en cámara lenta enciende un cigarrillo. Afuera es hielo, adentro ya tira chispas el infierno.

En el televisor el niño observa como un hombre llama amorosamente a un perro, y cuando el animal está cerca, el tipo le pega con el puño de hierro en la cabeza, entonces el animal aúlla y se escapa. El niño desde el sillón, observa como en la cocina su padre recibe con una sonrisa el plato de tallarines que la madre cocinó y al instante siguiente lo arroja con violencia al suelo porque le falta sal.

La vida color de rosa arde por todo el Shopping, las chicas se miran en todas las vidrieras, degustan todas las imágenes y siempre, aunque lo nieguen, se sienten profundamente horribles frente a las otras de su edad y clase social. La vida gris mientras tanto, acontece afuera, donde otras mujeres harapientas y hambrientas extienden una mano para pedir monedas y con la otra sostienen al niño que come de su pecho desnutrido.

El sexo reproduce nuestra especie. Suenan como un coro deforme los gemidos en todo el mundo, y allí van las melodías de llantos en honor a los que parten. La existencia nos abruma tanto a veces que es preferible hacerse problemas menores. Cada pequeño ser-hormiga que se puede ver desde lo alto de la ciudad, guarda en sí una importante verdad, pero ellos no la prefieren. La verdad asusta, pero eso es el resultado de la mala prensa que producen los mentirosos.

Una pareja de ancianos sonríe, los ojos llenos de curvas, que en la piel formaron las arrugas del tiempo, brillan hermosos al sol. El misterio de la vida acontece en múltiples formas, por eso después de la lluvia se mueven los suelos en los campos y aún después de las guerras vuelven a aparecer los brotes verdes.

Belleza. Ella desde la sutileza, por fin comienza a descubrir su poder.

Magali Benasulin 23 de junio 2015