miércoles, 13 de abril de 2016

Día 4.

Obsesión



No quiero tener obsesiones, la consigna dice que tengo que elegir una de las que inevitablemente tengo y proponerla para un museo de obsesiones. Estoy segura de que si algo me obsesiona, a lo mejor está relacionado con eso, con no mostrar los vicios secretos que me asaltan mil veces en la vida de forma imperceptible, y que incorporo como rasgos pequeños de una personalidad que a veces desconozco. ¿Qué son las obsesiones?, alguien me lo puede explicar clarito y aun así voy a negar que mi manía por encontrar momentos de soledad es una obsesión recurrente, cotidiana, estable en mi organismo como la mismísima necesidad de dormir.
Estar sola, necesitar estar sola, no puede ser una obsesión. Pero la masa deforme de ésta ciudad me conecta de forma recurrente con la necesidad de aislarme, de abrir la puerta y comenzar a correr bien lejos, tan lejos que pueda perderme en un pueblo fantasma sobre una isla remota, y antes de que alguien me vea, pensarme un nombre nuevo, una edad posible de ser mentida, un pasado imaginario que nadie logre refutarme.
Me obsesionan todas la cicatrices que tengo por adentro y por afuera, las imágenes en color pastel que me encanta de las películas de los años cincuenta. Me obsesionan esos rostros perfectos de las actrices que eligió Hitchcock, los héroes invisibles que a veces se terminan matando o muriendo injustamente, las cosas que por algún rasgo personal nunca me van a salir del todo bien. Me obsesiona la horrible alianza entre el tiempo y la rutina, me desespera que se me escape la vida en la telaraña de un sistema tonto que todos sabemos que no funciona pero que por cansancio nos da igual. Me obsesiona pensar que mis maremotos emocionales no van a terminar nunca y quizá me cueste más de lo que pensaba convertirme en esa vieja tranquila que vea sus últimos días desde una costa oceánica en un paraíso ignoto.
Me obsesiona no creer en nada, después de haber creído en todo. Y si algo es realmente parte de mis fijaciones profundas, es el dialogo esquizoide que sostienen las dos partes de mi yo, esas dos mujeres exageradas, que desequilibran a la que quiere volar con la que obliga atarse a la realidad de los otros.
¿Obsesiones?, ¿yo?, por el amor de Dios, yo no tengo obsesiones, ni siquiera puedo entender ese concepto. Pido disculpas, no puedo cumplir con la consigna.


Me propuse ejercitar durante 30 días las consignas que Aniko Villalba propone en #30díasdeescribirme.

jueves, 7 de abril de 2016

Día 3.

1.       Este es el último día que me siento en ésta, que fue mi silla durante más de dos años o más, no me acuerdo cuando fue que nos mudamos. La privacidad de mi sitio en la plantilla de escritorios dejará de ser mi guarida, así que no tendré más opción que sentirme desnuda en el lugar que ocuparé a partir de mañana.
2.       Por la ventana puedo ver los árboles de pino, el territorio privado con los portones abiertos, un tractor que deja la huella de barro en algo que comienza a parecerse a una calle de tierra, los autos estacionados en el enorme predio frente al edificio, la lejanía afortunadamente del centro, a lo lejos los edificios de Puerto Madero.
3.       Pienso en cerrar mi Facebook cada dos o tres pensamiento. Tomo nota que últimamente necesito renovar mis imágenes de influencia. Algo del otoño me está produciendo un acorazamiento más brutal y sé que voy a extrañar los mates que me sostuvieron el ánimo desde que GA se sienta a pocos pasos de mi escritorio.
4.       Voy a llevarme mi taza amarilla y todos los papeles inútiles que tengo en los cajones, quizá no tire nada. A lo mejor abandono las cosas que no me sirven en pleno pasillo al baño o a un costado de los ascensores.
5.       Las blancas nubes sobre el cielo celeste de éste día sin lluvia, me parecen imponentes, si miro con detenimiento el cielo me acuerdo que estoy en la pielcita de la tierra, como un microbio que tipea palabras en una pequeña plaquetita de plástico a la que llamamos teclado, pero en definitiva, no puedo ostentar mayor relevancia en este mundo, que ser un organismo vivo. Las nubes me hacen acordar que nada tiene tanta relevancia si se trata de pensar en lo efímera que es mi vitalidad.
6.       Nunca me vi sentada en esta silla, en este sitio escondido al que solo llegan aquellos dispuestos a pedir lugar a mis compañeros más próximos. Las sillas de ellos y la disposición de los escritorios siempre fueron una carrera de obstáculos.
7.       Los vidrios del pasillo están llenos de fotocopias pegadas. Todas son consignas que gritan “no a los despidos”, sin embargo acá las malas noticias son parte de la cotidianidad sórdida en la que vivimos con una sonrisa falsa dibujada en el rostro.
8.       Alguien le puso candado a los muebles.
9.       A mi espalda hay un cuadro que un grupo de jóvenes de diferentes barrios hicieron durante sus capacitaciones para el trabajo. La imagen construida con pequeños retazos de azulejos, representa la idea de justicia equitativa. Esos jóvenes ya no tienen trabajo.

10.   Por todos lados hay retazos de un pasado cercano, el presente es muy diferente en todos los sentidos, pero algunos dibujitos sobre nosotros mismos continúan pegados con cinta en los monitores que hasta hoy habitamos. 

Me propuse ejercitar durante 30 días las consignas que Aniko Villalba propone en #30díasdeescribirme. 

miércoles, 6 de abril de 2016

Día 2.

 
Plaza 9 de Julio. Resistencia, Chaco. Frente al Colegio Normal Sarmiento.
Siempre nos encontrábamos en la Plaza 9 de Julio o en la 12 de octubre y muy rara vez en la 25 de mayo.
Todo comenzó para mí la mañana en que vi de lejos a FD, con los rulos hasta los hombros, los pantalones Oxford vistiéndole las largas piernas y la remera blanca que obligatoriamente llevábamos como parte del uniforme escolar, y sí, me enamoré.
A LS ya lo conocía de antes, no solo porque vivía a la vuelta de mi casa, era amigo de mi hermano menor y varias veces lo había cruzado fugazmente en el patio de mi casa, sino porque me acordaba bien del verano que se batió a un duelo de ajedrez con mi madre, y ganó él. Mi hermano menor no lo podía creer y LS brincaba victorioso cada vez que nos acordábamos de esa anécdota.
En esa época me habían elegido delegada de mi curso y como siempre, me anotaba en cuanta cosa me hiciera salir del aula: actos, obras de teatro, baile y en este caso la asamblea de estudiantes. Mucho después entendí que era el Centro de Estudiantes del que ahora FD era presidente o la unión de dos listas, como ocurrió a causa de la idea que tuvo LS para ganar definitivamente esas elecciones.
No me acuerdo como fue, pero me sume a ese grupo que escuchaba Sui Géneris, leía a Galeano, se emocionaba con el Che y empezaba a sospechar que el peronismo reflejaba ese espíritu patriota del que nosotros queríamos ser parte.
Durante ese invierno FD consiguió la llave del Colegio, cerrado por vacaciones. Habíamos comprado pintura para pizarrones y la directora, una mujer conservadora que años después comenzó a detestarnos, accedió a la propuesta. Durante el día, varios de los pibes del Centro de Estudiantes vinieron a pintar en cada aula, y cuando ya habíamos terminado la jornada, quedamos solos FD, LS y yo sentados en el Charly, el Kiosco en la esquina del Normal. A LS se le ocurrió volver a entrar, seguir pintando, dejar frases en las paredes, en definitiva, conquistar la escuela de noche. FD y yo nos reíamos como siempre del loco LS, y finalmente lo seguimos.
Ya era de noche y el enorme pórtico por el que ingresábamos estaba en el ala trasera del Colegio. La gigante puerta de madera giró como un portal en el castillo de las gárgolas y los tres entramos sigilosos para que ningún transeúnte nos vea.
Absoluta oscuridad en el pasillo y solo el reflejo de los grandes pilares de la galería, dibujados en el suelo por el contraste de los rayos lunares. LS avanzó haciendo ruido, riendo, hablando fuerte y yo seguí a FD que se reía de los chistes de LS.
Era igual que siempre, pero completamente a oscuras, las enormes aulas, los baños de cada piso, las galerías principales y las laterales, la sala de maestros, la dirección, la sala de música, el laboratorio, y la Biblioteca, absolutamente en silencio y a oscuras.
_Vamos a la Biblioteca_ dijo FD y ambos comenzaron a subir la escalera para llegar por la galería del primer piso.
_ ¿pero no íbamos a seguir pintando?_.
_ no petisa, después pintamos otro día_ respondió LS _vamos a ver que encontramos, la escuela es toda para nosotros_.
El piso del patio brillaba como si la luna fuese un foco y antes de girar el picaporte de la Biblioteca, vimos que entre los árboles iban y venían decenas de murciélagos.
Las bisagras chillaron por falta de aceite y entramos despacio.
_¿Dónde estará la luz?_ dijo FD y yo a tientas le agarre la mano porque me dio miedo tanta negrura.
_ Acá_ dijo LS_ pero, no, no enciende, ¿se habrá quemado el foco?_.
_ Cortaron la luz otra vez_ supuse.
_ ¿Qué es eso?_ pregunto FD, y los tres vimos que al fondo del salón, detrás de los estantes llenos de libros escolares, había un destello de luz roja, como si un enorme led estuviera prendido para casos de corte de luz o algo así.
_ Vamonos!_ me apuré.
_ Pará! No pasa nada!_ me frenó LS.
FD me abrazó y caminamos muy cerca los tres hasta dar la vuelta el mostrador y llegar a la luz roja.
Vimos de espaldas a un hombre enano, con la piel brillando como un foco de semáforo, absolutamente absorto en los libros que apilaba en la mesa y que apenas se veían por el reflejo del sujeto. Los tres nos quedamos inmóviles, yo le apreté muy fuerte el brazo a LS y me agarre muy fuerte de los dedos de FD y el sujeto giró sobre su eje.
_ ¿Qué hacen acá?, ¡no son horas de biblioteca para ustedes!, ¿cómo entraron?, ¿qué pasa?, ¿les comieron la legua las estatuas de la galería?_ y dio un grito que parecía carcajada.
Empezamos a caminar para atrás a tientas, nos chocamos con varias cosas, LS iba adelante y FD se cercioraba que yo los estuviera siguiendo y todo ocurrió en unos segundos, solo corrimos, nadie grito, cerramos la puerta de forma violenta y el enano no nos siguió, pero nosotros seguimos corriendo.
La luz de la luna bajó un poco más y como un reflector de cine dio forma a las estatuas religiosas que había en cada columna de la galería, de pronto todas esas vírgenes o lo que sea que representaran caminaban por los pasillos como zombis y nosotros las esquivábamos como un auto de carreras.
Cuando llegamos a la escalera, más figuras estaban subiendo así que LS gritó “al techo”. Doblo la galería central del primer piso y se trepó de un ventanal en la galería lateral, a pocos pasos del laboratorio.
Alguien o algo golpeó la puerta por adentro del laboratorio y de la sala de música empezó a brotar la música de un piano.
El techo era de tejas, LS comenzó a caminar sigilosamente y lo mismo hicimos FD y yo que miramos como la luna hacía brillar cada pieza cilíndrica, permitiéndonos saber cuáles estaban rotas y no convenía pisar. A mí me iba a explotar el corazón, pero igual los seguí al final.
_ No nos siguen_ dijo FD _vamos más despacio, podemos caernos si no miramos bien.
Los tres frenamos agitados. Nos sentamos aterrados sobre las tejas.
_ ¿Qué hacemos?_ dijo LS.
_ Yo no me pienso mover de acá_ dije con voz chillona.
_ ¿Qué carajo son esos?_ preguntó FD.
_ Esperemos un rato_ ordenó LS.
Absolutamente en silencio los tres contemplamos el vuelo circular de los murciélagos, la perfecta imagen lunar en el piso del patio y escuchamos por un largo rato el relinche de las cadenas de las hamacas en la placita con arena para niños que hay en un sector de la Plaza 9 de Julio.
_ ¿a ésta hora se hamacan los niños?_ dije como un susurro.

_ shhh_ me mandó callar LS _ ¿A ésta hora entran a la escuela los pibes?. 

Me propuse ejercitar durante 30 días las consignas que Aniko Villalba propone en #30díasdeescribirme. 
Ejercicios de escritura de Aniko Villalba

martes, 5 de abril de 2016

Día 1.

Día 1.



Escribo como una forma de grito estomacal, como un secreto que me cuento a mí misma para ser leído en el futuro, escribo porque siempre fue mi manera tonta de creer que iba a convertirme algún día en una gran novelista, escribo siempre sin esperanza de ser leída y eso hace que me dé cuenta cuanto me gusta escribir, porque realmente no me importa tener más que una sola lectora: yo.
 Soy sumamente solitaria, miedosa de los otros seres humanos, soy una persona sumamente crispada por lo que me ocurre alrededor, porque si fuese por mi arreglaría todo, aunque nunca se bien qué tipo de arreglo puede tener este mundo y entonces ante tanta frustración de heroína que tampoco seré, escribo. Escribo igual que ese grito histérico que le escuche a la niña que soy, anoche cuando trate de meditar, después de no lograr levantarme del colchón en el suelo donde duermo estos días, y agarrar el diario que estoy escribiendo a veces en ésta nueva etapa. Estoy escribiendo un diario íntimo igual que en tantos otros momentos de mi vida por eso mismo que te decía antes, porque no encuentro una mejor manera de llorar sin dañarme la piel de víbora que me cree después de tanta psoriasis, de tanto verano e invierno.
Cuando empiezo a tejer con las letras me suele ocurrir, que de pronto me siento estúpida, o siento que estoy gastando caracteres en algo sin sentido, sin forma, sin arte, sin interés para nadie, y ahí me incluyo a mí misma, sin interés para mí en el futuro. No quiero saber lo mal que escribía a esta edad, no quiero saber las pocas cosas que llegaban a mí de un momento a otro sin poder frenar este estallido interno sin forma que no termina en ciencia ficción, ni surrealismo, ni expresionismo, pornografía o arte figurativo, esto que termina siendo nada más que el parloteo tonto de mi cerebro. Y ésta auto censura, esta mirada fastidiosa sobre “la gran algo” en lo que debería transformarme en el futuro, me corta la inspiración, me empuja para atrás y veo el precipicio, y a mí que me encanta el fatalismo, me entrego a esa situación sórdida que aparece cuando soy yo misma quien se desprecia en la escritura presurosa que es la que más libera.
Escribo porque quiero contar el mundo que veo, ese sin fin de detalles como pixeles que confinados conforman las fotos que no puedo sacar con la cámara, pero sí puedo describir con los dedos en la lapicera o en el teclado.
Ah! Y cómo me gustaba de niña sentarme en esa vieja máquina de escribir y sentirme parte de una tripulación al borde de una gran tragedia al estilo Titanic y entonces escribir cada sensación de semejante aventura.
Escribir es para mí una manera de constatar que sigo viva, que todavía no enloquecí o que felizmente ya vivo dentro de mi locura, es la mejor manera de crear las realidades que nadie podría jamás obsequiarme para mi cumpleaños, es la exagerada manera de ser exagerada sin que nadie pueda, por ningún motivo interrumpirme para decirme “hey Maga, tranquila, frena la moto, es todo más simple, es todo así o asá, no tenes que ser tan complicada, no tenes que, no tenes que, no tenes que”. Y la verdad es que ahora me doy cuenta de por qué escribo. Solo ahora mismo y en estas últimas líneas…
Cuando era niña no lograba llorar sin que me digan que estaba llorando por “una pavada”. El llanto se me pudría en la garganta y ahí me colapsaba todo. Sin embargo, más de una vez me contenía el llanto igual que uno se contiene las ganas de hacer pis hasta llegar al inodoro, y con las lágrimas atoradas en el lagrimal llegaba al lomo de mi perro Rocky, un perro de la calle que era cruza con doberman y que por varios años tubo casi mi tamaño físico. Y con él sí, abrazándole el lomo podía llorar sin reproches, sin consejos inútiles, sin juicios, sin ninguna palabra. La paciencia de mi perro, su aceptación amorosa, es la que siempre encuentro en el papel. Pero no en cualquier papel, sino en esos papeles secretos que me escribo hace años para conocerme, para hablar antes de reprimirme la palabra.

Escribir es el lomo de mi perro Rocky, es los lengüetazos de mi perra Catalina el día que murió mi abuela y a mí no me salía ni una expresión. Escribir no es una terapia simplemente para mí, sino efectivamente es el único puente que me conecta con éste y los otros mundos. ¿Estoy loca?. Sí claro, y esa es la mejor manera de escribir. 


Me propuse ejercitar durante 30 días las consignas que Aniko Villalba propone en #30díasdeescribirme. 

viernes, 1 de abril de 2016

Milagros Sala en los ojos de Sebastián Miquel

Viajó hasta Jujuy para disparar sobre Milagros Sala y su obra. Se alquiló un departamento a una cuadra de la sede de la Organización Social Tupac Amaru, se predispuso a recorrer cada pueblo y deshizo su cuerpo para que solo exista el ojo espectador.  “Abia Yala, hijos de la tierra”, es el nombre de la muestra en blanco y negro que resultó de aquella expedición, un documental fotográfico sobre un pueblo brillando desde su origen.

Sebastián Miquel

Sebastián Miquel estudió un año de Derecho, después se cambió a la carrera de Ciencias Políticas, trabaja como profesor de Historia y de Filosofía Política en las Universidades de Buenos Aires y la Matanza, y brilla cuando desenfunda la cámara de fotos. Nació en Villa Mercedes, San Luis, en 1975 y hace varios años vive en Capital Federal. Viajó bastante y desde que era niño, disfruta del ruido que hace la cámara cuando recorta un instante del presente.  
Conciencia sobre lo político, compromiso con la memoria, intuición artística, se conjugan cuando Miquel trabaja para dejar testimonio. “Yo tuve un contacto con el mundo de las ideas, pero ese mundo de las ideas nunca se asemejaba o emparejaba con el mundo real, con la praxis política, y por eso a ese mundo de las ideas le costaba mucho explicar quién era el Che Guevara o quien era José de San Martin. Una cosa es un plan de liberación, las necesidades fácticas de que un país se libere y otra cosa es quiénes liberan a esos países, porqué los liberan, qué sentimientos hay en juego, qué pasado tienen”, dice.

¿Se puede explicar quién es Milagros Sala?

“Ya la conocía a Milagros”, dice que fue en Buenos Aires un tiempo atrás, “y diferentes personas me habían contado lo que hacía la Tupac, lo fantástico que era que eso suceda en Argentina, y más en Jujuy, una provincia que Menem la había caratulado de ‘provincia inviable’, con uno de los índices más altos de desocupación, hambruna, desnutrición, con elementos muy fuertes de pobreza”, cuenta Sebastián con su forma pausada, “y que eso suceda en una provincia que se estaba levantando me parecía un dato interesante. Además con un contenido indigenista muy grande, donde se percibía una dignidad indígena renovada, algo similar a lo que pasaba en Bolivia con Evo, se respiraba eso, una manera de organización que estaba ligada a un matriarcado, que tiene que ver con la cultura Coya”.
Existen los telescopios para mirar el universo, existen los microscopios para observar las partículas más diminutas, y existen las cámaras de fotos para contar la historia desde diferentes ópticas. “Llegué a la Tupac a partir de un fuerte ataque que le hace la prensa dominante argentina y dos o tres senadores y diputados opositores. Me pareció que eran acusaciones sumamente injustas y alocadas, decían que eran parte de grupos terroristas, guerrilleros, parte del narcotráfico, etc, etc. Pensé que un aporte que podía hacer era ir, documentar eso fotográficamente y ahí fui, simplemente”.


Para el fotógrafo que vistió su estudio con imágenes latinoamericanas, una wiphala que sobresale de la biblioteca y varios cuadros con retratos en blanco y negro, resulta natural que su camino lo lleve a contradecir el discurso hegemónico desde el pulso de su ojo contestatario. “Me pareció que podía hacer algo, estas son cosas que a uno lo exceden, son cosas muy grandes, muy amplias, pero los esfuerzos militantes son así, son pequeñas cosas que uno va sumando”. Sebastián dice que la cercanía con ese pueblo “no es algo complicado, o en este caso no fue algo complicado, ellos también percibieron naturalmente que iba con buena voluntad”, y agrega que “son personas muy bellas, obviamente de trabajo, de orígenes extremadamente humildes, con mucho sentido del humor, con mucha alegría en el hacer. Estaban pudiendo levantar barrios y colegios para su propia gente, para ellos, y eso genera un orgullo muy especial”.
Su técnica fue aprender sin juzgar, participar sin irrumpir, “simplemente fui muy abierto a mirar y a empaparme de lo que estaba ocurriendo, salió naturalmente, no hay un método para eso, y lo hice con mucho respeto, sin pretender movilizarlos, no hay fotos armadas, ni poses, pero claramente desde la propia subjetividad”.
Un fotógrafo es hijo de su época
Tres disparos lo llevaron al hospital durante la movilización que exigió la renuncia del Presidente que se escapó como una rata con alas en el 2001. “Sentí muchísima furia, yo había trabajado, pensado, escrito, y de alguna manera militado para que el neoliberalismo se vaya del país. Ese día me parecía que había que estar en la calle para que ese modelo que había traído tanto dolor al país, que tenía tanto que ver con lo que yo no quiero ser, y no espero de la sociedad, termine”, rememora Miquel, “uno ahí estaba pensando en ser parte de algo mucho más grande, era una sociedad diciéndole a un gobierno que se vaya”. Por momentos tirando piedras, luego sacando fotos, participó de aquel agujero ciego creado a partir de la perversa teoría del derrame.
En el brazo se tatuó un pañuelo, clásico logo de la lucha sostenida por las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo hace cuarenta años. “Un fotógrafo, un periodista, o un escritor, también es hijo de su época, y esa época fue la que a muchos nos puso en algún lugar de compromiso, inevitablemente”.

Su gato se llama Néstor

“En estos 12 años me pasó lo que quizá le pasó a muchísimos. Una fuerza política y una parte importante de la sociedad, eligió hacer otra cosa y esa otra cosa que eligió hacer, mucho tenía que ver con las ideas que había pregonado desde los veinte años. La idea de un país más autónomo, más soberano, con un montón de defectos, problemas, y con un montón de desafíos pendientes… Pero poder decirle a Bush “NO”, y operar con políticos de la región y Chávez, Lula, y todo lo que fue ocurriendo durante los años del kirchnerismo”, acentúa Miquel, “y sobre todo los enemigos del kirchnerismo, hicieron que yo después a mi gato le ponga Néstor. Creo que me define más como ser político los enemigos que los amigos. Y los enemigos del kirchnerismo son históricamente mis enemigos”.
La histérica historia Argentina dio un nuevo giro. Los derechos se derrumban como un castillo de naipes, Milagros Salas es apresada de forma impune por reclamar ante las autoridades locales de su provincia, el nuevo modelo económico ensombrece la vida de los más humildes.  
“Nunca grité el ‘que se vayan todos’, como ahora no grito ‘vamos a volver’, pero quizá por una comprensión de lo político de que es mucho más complejo que eso. El ‘vamos a volver’ hoy lo critico porque me parece que hay una nueva realidad y no hay que volver, hay que proponer otra cosa, nueva, superadora, hay que ir por más, no volver”, reflexiona Sebastián, quien cotidianamente está alerta de los nuevos sucesos políticos.

Mirar la vida no es tarea fácil para los seres imperfectos y limitados que somos los seres humanos. Por eso cuando un fotógrafo salta por encima de la imagen frívola, cuando enfrenta los temores que impone el sistema desigual en el que nos toca desarrollarnos, algo se transforma. Los ojos profundos de cada uno de sus retratados, el alma que viaja en cada imagen, devuelven algo de dignidad a esos ignotos que los grandes medios sepultan en sus crónicas. Sebastián Miquel mira al niño que fue y le dice “bien pibe, lograste no traicionarte, lograste seguir siendo fiel a tu mirada”. 

viernes, 18 de marzo de 2016

Pinceladas en piedra, que el tiempo no podrá borrar (héroes sensibles)

Pintan con piedras en las paredes, para que los muertos que la historia oficial niega y oculta, sean difíciles de olvidar, quieren que se transformen en un interrogante para las generaciones venideras. El grupo Antiarte, rebautizado con el nombre de Nacional Mosaico Veneciano, lucha en contra del arte elitista y a favor del arte popular, sus particulares integrantes mezclan la belleza de la sencillez de barrio, con la mística de la militancia más revolucionaria.
Sergi Sioux, Gonzalo Lòpez Lluch, Paula Soto y Barbara Cabral (que no pudo estar) integran Nacional Mosaico Veneciano 
Para el encuentro con ellos, me hundí en una circunferencia, que la calle Berlín hace en Parque Chas. Me tocó esperar en la vereda unos minutos porque el mural que Gonzalo y Sergi estaban instalando en el Pozo de Banfield llevó un poco más de tiempo, pero por suerte Paula llegó antes de que me cansara de esperar y eso me dio la oportunidad de conocerla antes de que se sumaran a la charla los muchachos.
El mosaico veneciano es caro, elitista, con un uso frecuente en la decoración de baños, shoppings, subtes y su forma de colocación permite que la belleza de los colores distribuidos en pequeños cuadraditos, sea “casi perpetua”, como me aclara Paula. Por eso cuando comenzó a contar sobre la colocación de la imagen del Padre Mujica en la villa 31, le pedí que me permita prender el grabador, así no me perdía una sola de sus palabras.

Los niños juegan con el Padre Mujica  
Más tarde Gonzalo me explica que su amigo, también artista plástico, Grone de Luca, lo invitó a participar de un homenaje al Padre Mujica en la Villa 31 un miércoles. Para el sábado esa figura de piedra tenía que estar lista, por lo que Paula pataleó un poco, ya que era un delirio hacer semejante trabajo en tan poco tiempo. ‘Hay que hacerlo’, insistió Gonzalo y finalmente lo lograron.


Paula me relata que un tiempo después fueron a mostrarle ese trabajo a su amiga Barbi. “Todo el mundo te dice lo poco que va a durar, que es una villa, que los pibes no cuidan nada”, y que ella misma muchas veces influida por esas voces guardaba el prejuicio. “Bueno… cuando fuimos, para mi sorpresa de lejos se veía entero, nos fuimos acercando con mi compañera y vimos a unos niños frente al mural. Ella les pregunta ‘¿qué están haciendo?’, (con voz acusatoria), ‘nada, nada, estamos acá jugando con el padre’, dijo uno de los nenes, yo me quede… Osea, ‘estamos-acá-jugando-con-el-padre’, y no dije nada, me acuerdo que pensé ‘bueno, escuché lo que escuche’. Después de mirar de cerca el mural y alejarnos nuevamente, Barbi me pregunta ‘¿vos escuchaste lo que dijo?’. Entonces sí, escuchamos lo que dijo, y no era una boludez, y el mural está intacto, el padre está intacto, y está ahí. Esa anécdota en particular me hace acordar todo el tiempo lo que estamos haciendo”, aquel episodio fue para ella definitivo en el compromiso que pone para que su trabajo apoye la memoria.
foto de Rafael Ruiz
“De los 13 grupos muralistas nos tocó estar en la puerta de entrada de la parroquia Cristo Obrero, donde está la tumba del padre Mujica y ahí está nuestro homenaje, ¿sabes que linda la satisfacción?”, agrega más tarde Gonzalo.

Los inicios de Antiarte
Gonzalo, apasionado por la historia y la política, durante la época que trabajó en el microcentro y varios años antes de enamorarse de Paula, pensaba con fervor en la necesidad de darle otra forma a los pañuelos, que tantas veces veía escrachados por Cecilia Pando en la Plaza de Mayo.
Paula, lejana de éstos debates militantes y hasta el momento solo vinculada a la perspectiva artística de los mosaicos venecianos, pensó que era una locura dibujar símbolos políticos con un material tan caro.
Sin embargo, además de amor, de la unión entre Gonzalo y Paula nació el complemento ideal para que una forma nueva y original de muralismo, empiece a dar los primeros frutos. La primera figura fue la imagen de Evita Perón en conmemoración a un nuevo aniversario de su muerte y luego continuaron con un homenaje al movimiento de “Muralistas Espartacos”, el grupo de artistas que durante la década del 60’ promovió el arte popular en nuestro país. “Con esa primera Eva salimos de forma autodidacta, mi convicción fue ‘no importa cómo, pero hay que realizarla’, había que dar el primer paso, y los primeros pasos no siempre son los mejores, pero lo importante es que son los primeros”, cuenta Gonzalo.
Para realizar el homenaje a los artistas del Movimiento Espartaco, se comunicaron por Facebook con Nora Patrich, autora del Monumento a las víctimas del Bombardeo de Plaza de Mayo, ubicado en el jardín de la Casa Rosada. Ella estuvo galardonada en diferentes oportunidades tanto en nuestro país como en Canadá, el último país de su exilio a causa de la Dictadura de 70’. La historia de ésta mujer merece las menciones de una investigación más amplia, pero dejaré al lector incursionar por su cuenta en ésta oportunidad.
“Nos comunicamos con Nora con la idea de trabajar por la democratización del arte y ahí aparecieron los primeros valores. Democratizar el arte significa poner el arte en la calle, y no cualquier arte, sino inclusive esos que pareciera que solo pueden estar en los museos. Hay muchas barreras culturales que son las que realmente aíslan, obviamente que también las económicas”, dice Gonzalo. “Ella vino a nuestra casa y tuvimos una charla increíble que nos dio más fuerza aún y a partir de eso hicimos dos obras del Espartaco (dos de nueve), ahora vamos por la tercera, es una obra que lleva mucho trabajo”, y agrega “los tiempos de la política, a veces no son los tiempos de los proyectos culturales”.
Gonzalo es sumamente enérgico, sus ideas vuelan bien alto. Después de colocar el primer pañuelo en un hospital de Lanús, Hebe de Bonafini consultó por su autor. Ella le propuso colocar otro pañuelo en la sede de las Madres y la impronta de Gonzalo abrió las puertas de muchos municipios, entonces la colocación de pañuelos también se multiplicó. Si fuera por él colocaría un pañuelo en “cada plaza del mundo”, según sus propias palabras. Su tarea es abrazar los derechos humanos desde el homenaje construido en piedra.
Venecita por venecita
Una de las obras más grandes, está dedicada a las Malvinas Argentinas, con 12 metros de largo y 2,50 de ancho, dos meses de taller, entre ocho y nueve días de colocación, con jornadas de entre 10 y 12 horas de trabajo diario.


“Más de una vez nos encontramos diciendo, ‘bueno los del crucero la pasaron peor’, cuando teníamos frío a la mañana el día de la colocación pensábamos que no tenía sentido quejarnos”, dice Paula, “eso te lo trae el material, todo el tiempo estás pensando en lo que estás haciendo, el otro día uno de los chicos en el Pozo de Banfield dijo ‘me molesta mucho el sol’ o algo así, y automáticamente pensó ‘¿qué estoy diciendo?, pensar que los chicos que estaban adentro de ese lugar la pasaron re mal’. Estas comprometido desde el primer momento porque es medir, pensar, cortar, pegar, sacar el papel, limpiar, empastar, se te cae una piecita y la tenes que volver a pegar, la tenes que limpiar porque no te puede quedar con cemento”, y agrega “es paciencia, es amor, se te convierte en amor”.
El oficio, herramienta para lo imposible
Sergi, por lo que ellos mismos cuentan, es el que más conoce la técnica del veneciano. Dice que los sucesos políticos en su vida son una constante desde la panza de su madre, como referencia dice que tiene tantos años como la lucha de las Madres, 40 años. Su compromiso con ésta forma de muralismo, también es visceral.

“El oficio te remienda los percances que puedan surgir”, comenta Sergi “en el Pozo de Banfield tuvimos hoy una pared muy controversial para pegar, no es apta para veneciano porque requiere de carpeta fina, pero nosotros venimos con una guerrilla de colocar murales en paredes que son muy inhóspitas. Trabajamos casi a ciegas, cuando nosotros pegamos nos queda expuesto el papel, la obra que hacemos es como una foto analógica, que hasta que no reveles no sabes que tenes”, explica. “No estas exento de que te pasen distintas cosas, y menos con la militancia, porque con el privado vos decís ‘me pagas esto’, ‘arreglamos esto’, ‘yo necesito la pared a plomo, con escuadra, la pared a fino, cuando uno milita y dice ‘vamos a poner uno en el ECuNHi, en el Poso de Banfield’, son lugares que bueno… vamos y lo ponemos”.
Un fuego tan fuerte, que transformado en piedra, persigue la eternidad
Cuando se observa la expresión del colectivo artístico Nacional Mosaico Veneciano, aparece la posibilidad de confluir con otros de forma casi perfecta, y digo ‘casi’, porque afortunadamente la perfección no existe. Pero ahí está, una piedrita de color alado de otra construyendo un rostro, haciendo homenaje de ritual a diversos héroes sensibles de otras épocas. “Cuando me encuentro en esa situación de problema ‘pido por favor’ ayuda”, dice Paula “por ejemplo cuando hicimos el de (Emilio) Barletti, que era un seminarista Palotino (asesinado por la Dictadura Militar el 4 de julio de 1976), lo hicimos en San Antonio de Areco porque él era de ahí. Tuvimos una situación horrible, la temperatura hizo que el mural no se adhiera a la pared, entonces cuando fuimos a quitar el papel se nos caía, se nos caía su cara. Entonces en ese momento creo que estuve todo el día pidiéndole a Barletti que nos ayude por su madre, que iba ir a ver eso y que yo no podía hacerle a la Mona Gimenez, necesitaba que sea él, necesitaba que me ayude, son cosas que te salen en el momento. Porque es un gran trabajo, es mucho esfuerzo como para rendirse porque simplemente el material no adhirió. Estuvimos día y noche haciendo una carita perfecta, para que después por los cero grados no adhiera”, y una vez más Paula dice “estas cosas son las que todo el tiempo te recuerdan lo que estás haciendo”.

Militar desde uno

Antes de apagar el grabador, Gonzalo dice “La militancia es hacer lo que uno tiene ganas, porque no es solo política, la militancia es de la vida. A veces eso de ser, estar, pertenecer, te aleja de lo que vos realmente querés… bueno, cada uno militará lo que sea y lo que quiera, nosotros militamos haciendo esto”.



viernes, 11 de marzo de 2016

Dibujar hasta que arda la Patria (héroes sensibles)

“Para comunicar tenemos las calles, las plazas, radios comunitarias y alguna que otra cooperativa, y sino inventaremos cosas”, dice Mora mientras se toma el quinto mate la tarde que Buenos Aires mostró su cara de otoño. Ella sonríe mientras expone su punto de vista sobre el futuro porque antes y después de nuestro encuentro sigue militando para que la censura aplicada por el Macrismo, no se trague la huella del proyecto político que la incluyó en la historia de nuestro país.
Mora 

Mora Sarquis Adamson tiene 30 años, es licenciada en Ciencias de la Comunicación, militante de la Cámpora y dibujante. También es emprendedora, creó recientemente su empresa unipersonal llamada Militarte, que funciona como una posibilidad de aplicar sus dibujos a diferentes objetos de arte. Además es su propia peluquera y tiene dos gatos, llamados Pampa por el tractor y Pulqui por el avión, ambos impulsados por Perón en los años 50’. Su ideología es el idioma con que el que construye su vida.
Mora por Mora
En las redes sociales, sus más de 23 mil seguidores la conocen por sus creaciones de "Esto es poco serio", sus viñetas humorísticas lograron sintetizar diferentes coyunturas políticas. El lápiz que crea sus personajes se nutre de las raíces militantes que empezó a forjar a mediados de 2010, cuando posteriormente a los nefastos noventa, encontró en el kirchnerismo un motivo concreto para creer que la política puede transformar.
“Uno se nutre mucho de la militancia y de lo que le pasa a los militantes, de lo que uno habla con los vecinos, de las discusiones que se arman entre gente que piensa parecido y gente que piensa totalmente distinto. Nunca pensé en dejar de militar por hacer dibujos, me llenan mucho el alma las dos cosas”, y se define “soy una militante que dibuja, no sé si soy una dibujante que milita”.
En el universo inventado por las empresas monopólicas de comunicación, los dinosaurios y los militantes se extinguieron. Después de conseguir que “la opinión pública” rechace a los militantes kirchneristas y principalmente a los que integran La Cámpora, cientos de personas son castigadas todos los días con despidos, represión y estigmatización. Sin embargo, los innumerables ataques revanchistas del actual gobierno, no consiguen frenar el trabajo cotidiano de los vecinos organizados.

“Esperamos que las unidades básicas sirvan de lugar de referencia. Tenemos que entender un poco más cómo funciona la comunicación, porque creo que fallamos en las formas. El contenido del kirchnerismo me parece que ha sido impecable, obviamente con sus errores, pero hemos hecho unas transformaciones del carajo, y quizá no las pudimos comunicar de la mejor manera”, comenta “me preocupa un poco la virulencia con la que se responde al macrista, o no al macrista, pero sí al que votó a Macri quizás equivocado, quizás comprando un discurso que no era verdad. Macri mintió mucho en la campaña, por más que digamos que siempre dijo lo que iba a hacer, no fue tan claro. En la campaña dijo que iba a mantener un montón de cosas que cambió, dijo que no iba a devaluar y que no íbamos a perder nada de lo que ya teníamos, era como un kirchnerismo mejorado casi. Por eso hay que abrazar a la gente que le pasó eso, que votó equivocadamente y no enojarnos, hay que tener paciencia y responder siempre con amor”.

El 7 de octubre de 2015 Mora se transformó en caricatura, atravesó la puerta de la Casa Rosada y fue recibida por el personaje más importante de sus dibujos, pero ésta vez Cristina estaba frente a ella en carne y hueso. Aquel encuentro histórico con la primera Presidenta de nuestro país, es para Mora uno de los momentos más importantes de su vida.
Mora y Cristina

“El encuentro fue increíble y surrealista, es algo que yo todavía no creo que haya pasado. Miro la foto o me acuerdo de esa situación y es como si hubiera sido un sueño. Le decía a Martín, mi compañero, que fue como un paréntesis en el espacio-tiempo. Es tan increíble ver a Cristina cara a cara, y que te hable, y que te diga, Mora esto, Mora lo otro”, relata con la alegría de una niña que recuerda el encuentro con su heroína preferida. “No sabía qué hacer, le decía “te amo”, “te amo”, porque no quería que se me pase la oportunidad de decirle que… y claro, ella me hablaba como una extraña, yo era una extraña, pero para mí era un Perón actual, un prócer y significó que tengo que dibujar más y dedicarme a esto, después veo como sobreviviré económicamente”.
El arte, la expresión de las emociones, las historias que narra cada viñeta de ésta dibujante popular, abraza los sentimientos de miles de argentinos que jamás serán representados en los medios de comunicación. Su vida es un círculo virtuoso, donde después de dibujar, se mete en la obra y milita por todas las luchas que por un largo tiempo no serán noticia de la agenda mediática.