viernes, 18 de marzo de 2016

Pinceladas en piedra, que el tiempo no podrá borrar (héroes sensibles)

Pintan con piedras en las paredes, para que los muertos que la historia oficial niega y oculta, sean difíciles de olvidar, quieren que se transformen en un interrogante para las generaciones venideras. El grupo Antiarte, rebautizado con el nombre de Nacional Mosaico Veneciano, lucha en contra del arte elitista y a favor del arte popular, sus particulares integrantes mezclan la belleza de la sencillez de barrio, con la mística de la militancia más revolucionaria.
Sergi Sioux, Gonzalo Lòpez Lluch, Paula Soto y Barbara Cabral (que no pudo estar) integran Nacional Mosaico Veneciano 
Para el encuentro con ellos, me hundí en una circunferencia, que la calle Berlín hace en Parque Chas. Me tocó esperar en la vereda unos minutos porque el mural que Gonzalo y Sergi estaban instalando en el Pozo de Banfield llevó un poco más de tiempo, pero por suerte Paula llegó antes de que me cansara de esperar y eso me dio la oportunidad de conocerla antes de que se sumaran a la charla los muchachos.
El mosaico veneciano es caro, elitista, con un uso frecuente en la decoración de baños, shoppings, subtes y su forma de colocación permite que la belleza de los colores distribuidos en pequeños cuadraditos, sea “casi perpetua”, como me aclara Paula. Por eso cuando comenzó a contar sobre la colocación de la imagen del Padre Mujica en la villa 31, le pedí que me permita prender el grabador, así no me perdía una sola de sus palabras.

Los niños juegan con el Padre Mujica  
Más tarde Gonzalo me explica que su amigo, también artista plástico, Grone de Luca, lo invitó a participar de un homenaje al Padre Mujica en la Villa 31 un miércoles. Para el sábado esa figura de piedra tenía que estar lista, por lo que Paula pataleó un poco, ya que era un delirio hacer semejante trabajo en tan poco tiempo. ‘Hay que hacerlo’, insistió Gonzalo y finalmente lo lograron.


Paula me relata que un tiempo después fueron a mostrarle ese trabajo a su amiga Barbi. “Todo el mundo te dice lo poco que va a durar, que es una villa, que los pibes no cuidan nada”, y que ella misma muchas veces influida por esas voces guardaba el prejuicio. “Bueno… cuando fuimos, para mi sorpresa de lejos se veía entero, nos fuimos acercando con mi compañera y vimos a unos niños frente al mural. Ella les pregunta ‘¿qué están haciendo?’, (con voz acusatoria), ‘nada, nada, estamos acá jugando con el padre’, dijo uno de los nenes, yo me quede… Osea, ‘estamos-acá-jugando-con-el-padre’, y no dije nada, me acuerdo que pensé ‘bueno, escuché lo que escuche’. Después de mirar de cerca el mural y alejarnos nuevamente, Barbi me pregunta ‘¿vos escuchaste lo que dijo?’. Entonces sí, escuchamos lo que dijo, y no era una boludez, y el mural está intacto, el padre está intacto, y está ahí. Esa anécdota en particular me hace acordar todo el tiempo lo que estamos haciendo”, aquel episodio fue para ella definitivo en el compromiso que pone para que su trabajo apoye la memoria.
foto de Rafael Ruiz
“De los 13 grupos muralistas nos tocó estar en la puerta de entrada de la parroquia Cristo Obrero, donde está la tumba del padre Mujica y ahí está nuestro homenaje, ¿sabes que linda la satisfacción?”, agrega más tarde Gonzalo.

Los inicios de Antiarte
Gonzalo, apasionado por la historia y la política, durante la época que trabajó en el microcentro y varios años antes de enamorarse de Paula, pensaba con fervor en la necesidad de darle otra forma a los pañuelos, que tantas veces veía escrachados por Cecilia Pando en la Plaza de Mayo.
Paula, lejana de éstos debates militantes y hasta el momento solo vinculada a la perspectiva artística de los mosaicos venecianos, pensó que era una locura dibujar símbolos políticos con un material tan caro.
Sin embargo, además de amor, de la unión entre Gonzalo y Paula nació el complemento ideal para que una forma nueva y original de muralismo, empiece a dar los primeros frutos. La primera figura fue la imagen de Evita Perón en conmemoración a un nuevo aniversario de su muerte y luego continuaron con un homenaje al movimiento de “Muralistas Espartacos”, el grupo de artistas que durante la década del 60’ promovió el arte popular en nuestro país. “Con esa primera Eva salimos de forma autodidacta, mi convicción fue ‘no importa cómo, pero hay que realizarla’, había que dar el primer paso, y los primeros pasos no siempre son los mejores, pero lo importante es que son los primeros”, cuenta Gonzalo.
Para realizar el homenaje a los artistas del Movimiento Espartaco, se comunicaron por Facebook con Nora Patrich, autora del Monumento a las víctimas del Bombardeo de Plaza de Mayo, ubicado en el jardín de la Casa Rosada. Ella estuvo galardonada en diferentes oportunidades tanto en nuestro país como en Canadá, el último país de su exilio a causa de la Dictadura de 70’. La historia de ésta mujer merece las menciones de una investigación más amplia, pero dejaré al lector incursionar por su cuenta en ésta oportunidad.
“Nos comunicamos con Nora con la idea de trabajar por la democratización del arte y ahí aparecieron los primeros valores. Democratizar el arte significa poner el arte en la calle, y no cualquier arte, sino inclusive esos que pareciera que solo pueden estar en los museos. Hay muchas barreras culturales que son las que realmente aíslan, obviamente que también las económicas”, dice Gonzalo. “Ella vino a nuestra casa y tuvimos una charla increíble que nos dio más fuerza aún y a partir de eso hicimos dos obras del Espartaco (dos de nueve), ahora vamos por la tercera, es una obra que lleva mucho trabajo”, y agrega “los tiempos de la política, a veces no son los tiempos de los proyectos culturales”.
Gonzalo es sumamente enérgico, sus ideas vuelan bien alto. Después de colocar el primer pañuelo en un hospital de Lanús, Hebe de Bonafini consultó por su autor. Ella le propuso colocar otro pañuelo en la sede de las Madres y la impronta de Gonzalo abrió las puertas de muchos municipios, entonces la colocación de pañuelos también se multiplicó. Si fuera por él colocaría un pañuelo en “cada plaza del mundo”, según sus propias palabras. Su tarea es abrazar los derechos humanos desde el homenaje construido en piedra.
Venecita por venecita
Una de las obras más grandes, está dedicada a las Malvinas Argentinas, con 12 metros de largo y 2,50 de ancho, dos meses de taller, entre ocho y nueve días de colocación, con jornadas de entre 10 y 12 horas de trabajo diario.


“Más de una vez nos encontramos diciendo, ‘bueno los del crucero la pasaron peor’, cuando teníamos frío a la mañana el día de la colocación pensábamos que no tenía sentido quejarnos”, dice Paula, “eso te lo trae el material, todo el tiempo estás pensando en lo que estás haciendo, el otro día uno de los chicos en el Pozo de Banfield dijo ‘me molesta mucho el sol’ o algo así, y automáticamente pensó ‘¿qué estoy diciendo?, pensar que los chicos que estaban adentro de ese lugar la pasaron re mal’. Estas comprometido desde el primer momento porque es medir, pensar, cortar, pegar, sacar el papel, limpiar, empastar, se te cae una piecita y la tenes que volver a pegar, la tenes que limpiar porque no te puede quedar con cemento”, y agrega “es paciencia, es amor, se te convierte en amor”.
El oficio, herramienta para lo imposible
Sergi, por lo que ellos mismos cuentan, es el que más conoce la técnica del veneciano. Dice que los sucesos políticos en su vida son una constante desde la panza de su madre, como referencia dice que tiene tantos años como la lucha de las Madres, 40 años. Su compromiso con ésta forma de muralismo, también es visceral.

“El oficio te remienda los percances que puedan surgir”, comenta Sergi “en el Pozo de Banfield tuvimos hoy una pared muy controversial para pegar, no es apta para veneciano porque requiere de carpeta fina, pero nosotros venimos con una guerrilla de colocar murales en paredes que son muy inhóspitas. Trabajamos casi a ciegas, cuando nosotros pegamos nos queda expuesto el papel, la obra que hacemos es como una foto analógica, que hasta que no reveles no sabes que tenes”, explica. “No estas exento de que te pasen distintas cosas, y menos con la militancia, porque con el privado vos decís ‘me pagas esto’, ‘arreglamos esto’, ‘yo necesito la pared a plomo, con escuadra, la pared a fino, cuando uno milita y dice ‘vamos a poner uno en el ECuNHi, en el Poso de Banfield’, son lugares que bueno… vamos y lo ponemos”.
Un fuego tan fuerte, que transformado en piedra, persigue la eternidad
Cuando se observa la expresión del colectivo artístico Nacional Mosaico Veneciano, aparece la posibilidad de confluir con otros de forma casi perfecta, y digo ‘casi’, porque afortunadamente la perfección no existe. Pero ahí está, una piedrita de color alado de otra construyendo un rostro, haciendo homenaje de ritual a diversos héroes sensibles de otras épocas. “Cuando me encuentro en esa situación de problema ‘pido por favor’ ayuda”, dice Paula “por ejemplo cuando hicimos el de (Emilio) Barletti, que era un seminarista Palotino (asesinado por la Dictadura Militar el 4 de julio de 1976), lo hicimos en San Antonio de Areco porque él era de ahí. Tuvimos una situación horrible, la temperatura hizo que el mural no se adhiera a la pared, entonces cuando fuimos a quitar el papel se nos caía, se nos caía su cara. Entonces en ese momento creo que estuve todo el día pidiéndole a Barletti que nos ayude por su madre, que iba ir a ver eso y que yo no podía hacerle a la Mona Gimenez, necesitaba que sea él, necesitaba que me ayude, son cosas que te salen en el momento. Porque es un gran trabajo, es mucho esfuerzo como para rendirse porque simplemente el material no adhirió. Estuvimos día y noche haciendo una carita perfecta, para que después por los cero grados no adhiera”, y una vez más Paula dice “estas cosas son las que todo el tiempo te recuerdan lo que estás haciendo”.

Militar desde uno

Antes de apagar el grabador, Gonzalo dice “La militancia es hacer lo que uno tiene ganas, porque no es solo política, la militancia es de la vida. A veces eso de ser, estar, pertenecer, te aleja de lo que vos realmente querés… bueno, cada uno militará lo que sea y lo que quiera, nosotros militamos haciendo esto”.



viernes, 11 de marzo de 2016

Dibujar hasta que arda la Patria (héroes sensibles)

“Para comunicar tenemos las calles, las plazas, radios comunitarias y alguna que otra cooperativa, y sino inventaremos cosas”, dice Mora mientras se toma el quinto mate la tarde que Buenos Aires mostró su cara de otoño. Ella sonríe mientras expone su punto de vista sobre el futuro porque antes y después de nuestro encuentro sigue militando para que la censura aplicada por el Macrismo, no se trague la huella del proyecto político que la incluyó en la historia de nuestro país.
Mora 

Mora Sarquis Adamson tiene 30 años, es licenciada en Ciencias de la Comunicación, militante de la Cámpora y dibujante. También es emprendedora, creó recientemente su empresa unipersonal llamada Militarte, que funciona como una posibilidad de aplicar sus dibujos a diferentes objetos de arte. Además es su propia peluquera y tiene dos gatos, llamados Pampa por el tractor y Pulqui por el avión, ambos impulsados por Perón en los años 50’. Su ideología es el idioma con que el que construye su vida.
Mora por Mora
En las redes sociales, sus más de 23 mil seguidores la conocen por sus creaciones de "Esto es poco serio", sus viñetas humorísticas lograron sintetizar diferentes coyunturas políticas. El lápiz que crea sus personajes se nutre de las raíces militantes que empezó a forjar a mediados de 2010, cuando posteriormente a los nefastos noventa, encontró en el kirchnerismo un motivo concreto para creer que la política puede transformar.
“Uno se nutre mucho de la militancia y de lo que le pasa a los militantes, de lo que uno habla con los vecinos, de las discusiones que se arman entre gente que piensa parecido y gente que piensa totalmente distinto. Nunca pensé en dejar de militar por hacer dibujos, me llenan mucho el alma las dos cosas”, y se define “soy una militante que dibuja, no sé si soy una dibujante que milita”.
En el universo inventado por las empresas monopólicas de comunicación, los dinosaurios y los militantes se extinguieron. Después de conseguir que “la opinión pública” rechace a los militantes kirchneristas y principalmente a los que integran La Cámpora, cientos de personas son castigadas todos los días con despidos, represión y estigmatización. Sin embargo, los innumerables ataques revanchistas del actual gobierno, no consiguen frenar el trabajo cotidiano de los vecinos organizados.

“Esperamos que las unidades básicas sirvan de lugar de referencia. Tenemos que entender un poco más cómo funciona la comunicación, porque creo que fallamos en las formas. El contenido del kirchnerismo me parece que ha sido impecable, obviamente con sus errores, pero hemos hecho unas transformaciones del carajo, y quizá no las pudimos comunicar de la mejor manera”, comenta “me preocupa un poco la virulencia con la que se responde al macrista, o no al macrista, pero sí al que votó a Macri quizás equivocado, quizás comprando un discurso que no era verdad. Macri mintió mucho en la campaña, por más que digamos que siempre dijo lo que iba a hacer, no fue tan claro. En la campaña dijo que iba a mantener un montón de cosas que cambió, dijo que no iba a devaluar y que no íbamos a perder nada de lo que ya teníamos, era como un kirchnerismo mejorado casi. Por eso hay que abrazar a la gente que le pasó eso, que votó equivocadamente y no enojarnos, hay que tener paciencia y responder siempre con amor”.

El 7 de octubre de 2015 Mora se transformó en caricatura, atravesó la puerta de la Casa Rosada y fue recibida por el personaje más importante de sus dibujos, pero ésta vez Cristina estaba frente a ella en carne y hueso. Aquel encuentro histórico con la primera Presidenta de nuestro país, es para Mora uno de los momentos más importantes de su vida.
Mora y Cristina

“El encuentro fue increíble y surrealista, es algo que yo todavía no creo que haya pasado. Miro la foto o me acuerdo de esa situación y es como si hubiera sido un sueño. Le decía a Martín, mi compañero, que fue como un paréntesis en el espacio-tiempo. Es tan increíble ver a Cristina cara a cara, y que te hable, y que te diga, Mora esto, Mora lo otro”, relata con la alegría de una niña que recuerda el encuentro con su heroína preferida. “No sabía qué hacer, le decía “te amo”, “te amo”, porque no quería que se me pase la oportunidad de decirle que… y claro, ella me hablaba como una extraña, yo era una extraña, pero para mí era un Perón actual, un prócer y significó que tengo que dibujar más y dedicarme a esto, después veo como sobreviviré económicamente”.
El arte, la expresión de las emociones, las historias que narra cada viñeta de ésta dibujante popular, abraza los sentimientos de miles de argentinos que jamás serán representados en los medios de comunicación. Su vida es un círculo virtuoso, donde después de dibujar, se mete en la obra y milita por todas las luchas que por un largo tiempo no serán noticia de la agenda mediática.


martes, 23 de febrero de 2016

El Dios Dinero (vómito existencialista)



El dinero me limita.

¿El dinero me limita?

Si, el dinero me cierra innumerables posibilidades, porque aún detrás de las cosas más sagradas asoma la sombría máscara teatral del dinero.

¿Soy todo a lo que pude acceder en función de mi presupuesto económico?, ¿pude haber llegado a lugares diferentes si mis bolsillos hubieran sido inaugurados con otros fondos?, si un día mi capital llegara a ser tan miserable como para tener negadas las monedas que me permitan alimentarme, ¿debería dejarme violar por inmundos hombres del infierno?.

Sí, soy todo a lo que pude acceder en función de mi dinero, efectivamente podría haber llegado a otros lugares con un presupuesto diferente, y sin lugar a dudas estaría en condiciones de dejarme ultrajar por bestias, si mi dinero no consigue alimentarme.

¿Por qué no?, ¿por qué no aceptar de una buena vez el peso absurdo que tiene la moneda de cambio por encima de la vida humana?, ¿por qué no decir abiertamente que le concedimos todos nuestros poderes a la basura rectangular que llaman billete?

Podría llegar hasta lo más sórdido de ésta verdad y tirar a la basura mi santuario pagano y dar el lugar de divinidad del dinero. Podría rezarle de rodillas para que perdone el pecado de ser pobre, podría invertir mis energías en máquinas que trituren los insoportables indigentes, podría tatuarme en la frente el signo dólar para que nadie desconfíe de mi lealtad al capital.

Podría escribir una novela alucinante, donde pueda explicar a partir de un argumento mediocre sobre el amor, porque el dinero siempre triunfa sobre el afecto. Me imagino creando imágenes fabulosas en la cabeza del lector, que de manera voraz se exíte cuando le describa a las adolescentes inflándose las tetas como globos porque tienen plata para pagarlas, o cuando diga que las trabas del barrio más humilde sirvieron para el tiro al blanco de un par de jóvenes bien, del barrio bien, donde viven “personas” que sí se preocuparon por tener dinero.

Me encanta la idea de ver a todo el mundo corriendo como zombis en una ciudad oscura de smog, disfruto de los árboles atados al asfalto estirando la vida dentro del pequeño cerco de ladrillos en la vereda. Me deleita pensar a todos esos niños sacudidos a ser adultos desde el año, para que la violencia sobre el cuerpo y sobre el alma, funcione de sacrificio sagrado al dinero.

Los más débiles deberán morir por desnutrición, por un tiro en la cien o cagados a trompadas en una comisaría de barrio. Seguramente para que la divina misericordia del dinero sea moneda de todos los días, será imprescindible que las fuerzas de “seguridad” desarrollen todo su talento humano, comprendiendo claro, que el humano es una maquina repugnante, siempre inferior al dinero.

Si hay algo que me gusta verdaderamente en toda esta historia, es la imperturbable indiferencia de los que se encuentran cercanos a la pobreza pero consumen vacaciones en Miami, perdón, o aspiran a consumir vacaciones en Miami. Gracias a la ceguera de esos, es posible sostener el sistema maravilloso que nos brindó el dinero.

Es cierto que a nadie le gusta ser la mujer que acaba con un coágulo en el cerebro después de ser usada por un cliente, o el niño que ve morir de hambre a sus padres y hermanos mientras arrastran un carro lleno de cartones. ¿Pero qué más da no?, a alguien le tiene que tocar esa parte amarga de la vida, y por supuesto, mejor si no le toca a uno.

Últimamente me siento sumamente esperanzada, ya que en estos juegos imaginarios sobre el poder del dinero, puedo traer a la fantasía una maravillosa inspiración por parte de la realidad. Es notable la posibilidad que tenemos por delante para darnos cuenta y rendirnos ante el incalculable poder del dinero.

Y para no extenderme más en esta desprolija oda, voy a brindarle el lugar más importante al último aspecto, al más evidente y menos evidenciado: todos, absolutamente todos, somos profundamente inferiores al dinero. Cualquiera de nosotros podría ser tragado y expulsado por los intestinos de éste sistema, dado que el dinero es tan poderoso y está manejado abiertamente por la oscuridad, que cualquiera puede caer en ese limbo.

Entonces desde ahí, desde el giro despiadado de la locura, sintiendo en el lomo los garrotazos de la policía, vivenciando entre las piernas el mugriento genital masculino, saboreando la putrefacta basura, podemos sincerar el efervescente culto al dinero.
Pero si en algún momento dudamos del poder que tiene el capital económico, no hará falta la fe, porque con solo recorrer las calles de Buenos Aires, se podrá comprobar su existencia.
Amén al dinero, un Dios veneno disfrazado de placer.


Maga Benasulin 23 de febrero 2016

miércoles, 10 de febrero de 2016

La energía del amor (paisaje interno #2)

Mi Tierra Natal gritó, lastimada de violencia. Los pájaros aullaron a la siesta, el sol me quemó el rostro, el fuego del temascal me transportó a la infancia.


“Los niños merecemos vivir en el mundo de los niños”, dicen los niños mientras saltan en las aguas del río Paraná. Cargo el termolar de hielo y camino en el desierto del pasado. “Ahora soy una mujer”, digo “ya no soy una niña”. Naufrago.
Río Paraná
Naufrago en esos horizontes de la violencia, y hasta ejerzo el lenguaje de la violencia para acentuar mi grito de paz, o de ¡basta!.
Creo, con todo mi corazón, que las personas siempre podemos seguir aprendiendo. Me desperezo y respiro, me animo a cambiar las formas para sostener el fondo, me doy lugar para el juego, la aventura y la libertad. Me animo a ser, más allá de todas las miradas, inclusive la propia.
Me hermano, a mis hermanos. Me protejo el corazón, rugiendo como una bestia. Me doy cuenta cuando me siento mareada, me respeto el momento de duelo, me lamo una por una las heridas, me pido perdón por abandonarme a veces, me acompaño, aprendo a conocerme.
Mi Tierra Natal gritó, y tuvimos que tomarnos de las manos y hacer un círculo sagrado, invocar a la sabiduría del perdón, a la paciencia del que aprende a aceptar el error, a la oportunidad de obrar diferente para que el puente comience a crecer nuevamente.
Las grietas hay que cerrarlas con afecto, igual que como se cierra cualquier herida. Si estamos vivos, estamos a tiempo de cuestionarnos nuestras verdades y dar lugar al crecimiento. Invoco a cada uno de mis aprendizajes, antes de enfrentarme al mismo escenario.
¿Hay lugar para el amor?. En éstos tiempos violentos, ¿podemos salir a recorrer otros mundos?. Las barras de la jaula se caen al suelo, cuando aprendemos de la diferencia, cuando nos respetamos el derecho de elegir como vivir. Sin tener temor de ser expulsados por el simple hecho de ser diferentes.
Con cinco años mire el mundo alguna de esas tardes, me acuerdo bien porque me fascinaba saber que tenía tantos años como dedos en una mano. Y como si se tratara de una cinta vieja, quizá de película del 50’, veo mis dedos en primer plano, y el paneo hacia arriba me muestra de fondo la plaza 25 de Mayo y en un plano mediano a un niño, trepado de una escultura, metiéndose un bollo de papel en la boca. Ese niño, del hambre que tenía, estaba comiendo papel. Me acuerdo siempre.
Cuando un ser humano se está formando, cuando está creciendo, cuando está formando su carácter, necesita principalmente amor, igual que las personas ancianas, en el ocaso de la vida.
Mi simple teoría es que la energía del amor, es la única que puede crecer y desarrollarse, barriendo con todos los actos de violencia. ¿Será esta una reflexión familiar?, ¿será política?, ¿será cultural, o social, o psicológica, o…?.
En la noche de Chaqueño y Contemporáneo
Cada uno pensará desde una óptica diferente. Quiero aprender sobre la óptica del amor, espero que por esa escalera, sigamos subiendo todos.
Buenas noches, gracias por dejarme compartir con vos, algunos paisajes internos, un espacio que me regalo para la reflexión introspectiva.


viernes, 29 de enero de 2016

Nación Ekeko de visita en su Resistencia Natal

Cada vez que escucho a Diego, percibo la posibilidad ser un artesano de la música. Él juega con los elementos, desde 2006 se sumerge en las comunidades originarias que encuentra en su andar. En ese encuentro dialoga en el plano de la comunicación musical. Diego hace pocos meses cumplió diez años en el proyecto TONOLEC, la dupla que completa Charo Bogarín, y hace menos de un año lanzó su proyecto solista conocido como “Nación Ekeko”.

Nación Ekeko es de esas cosas difíciles de describir, porque llevan la multiplicidad de cristales que danzan adentro del caleidoscopio. Así, igual que hundirse en la jungla sin miedo, es vivir la experiencia Nación Ekeko. La magia de las formas y los climas, la danza en sintonía maravillosa con los canticos indígenas, que se mezclan con las voces chamánicas que Diego reunió en las siete canciones, que tiene el primer disco llamado “La Danza”.

Cuando cruzas la puerta que te sumerge en otra dimensión, comprendes porque los creadores de éste fantástico experimento, Diego Pérez y su productor Mariano Tomassetti, dicen que es la búsqueda de la “vivencia”, del contacto imprescindible con el “presente”.

“Alrededor del 2007, se me ocurrió armar algo que tenga electrónica y percusión, y que este alineada con la música que se puede danzar, con el ritmo, con lo afro y con lo latinoamericano, como parte de esa inquietud que tuve me puse a componer y salió un tema que es parte ahora del Disco de Nación Ekeko, que se llama “Guarania”, dice Diego, “un día hablando con uno de los percusionistas de la Bomba del Tiempo, me cuenta que se estaba planificando una movida en Grecia, de llevar músicos de Brasil y de Argentina para hacer un show integral. Me propuso que mandemos algo de lo que yo estaba armando, así que nos juntamos un día en un galpón y nos pusimos a improvisar con esta canción, con “Guarania”, y lo mandaron a Grecia y lo quisieron, lo compraron, y fuimos a tocar a Grecia y a Turquía”, así comenzó a tener forma el proyecto.

La música como ritual.

La exploración del hijo del altiplano, comenzó cuando él todavía vivía en su Resistencia natal, en su gran Chaco. “Estoy vinculado a las comunidades desde el año 2001, cuando empezamos a trabajar con TONOLEC, con los QOM primero, una búsqueda que tuvo que ver con nuestro lugar”, cuenta “cuando empecé a trabajar con la música Toba sentí una fuerza, una energía, una espiritualidad que tiene esa música, desconocida para mí hasta el momento”. Diego venía del Rock y en el contacto con los cantos de las comunidades, comprendió que debía conocerlos, compartir, explorar, comprender. “Comencé a investigar sobre la música de rituales, y empecé a ir a rituales para escuchar la música, sin saber que eso me iba a terminar transformando a mi como persona”.

Las canciones son recitados que cruzan Latinoamérica desde la Pampa Argentina al encuentro de Atahualpa, Méjico y la poesía zapatista del árbol de la vida, pasando por el chaco salteño, amazonas y la isla de los Uros en Perú y Bolivia. “En un momento se me abrió una especie de tercer oído”, dice “Yo escuche una melodía en la voz hablada, escuché esa musicalidad, es como que te escuche a vos hablar y diga “ha mira, está hablando pero yo escucho una melodía o un canto ahí”.

“En la isla de los Uros, busque deliberadamente el recitado de la Ureñita. Yo le preguntaba a todo el mundo si conocía algún recitado en Quechua o Castellano, hasta que ahí en la isla de los Uros, después de quince días de estar viajando, una señora dijo “ella sabe un recitado” y ahí empezó: “yo soy una ureñita, que vive dentro de los totorales” y lo grave ahí con el teléfono”.

En Chaco buscó a su amigo Lecko Zamora, un maestro Wichi, poeta y luchador de los derechos de los pueblos originarios. “A Lecko lo empecé a leer en libros porque escribe unas cosas increíbles. Un día lo conocí, charlamos, nos pasamos los contactos, hubo muy buena onda, y le dije, “me gustaría que me leas tus textos y grabarlos a ver que sale, yo puedo hacer música con eso”. Nos juntamos después en un cuartito en la Casa de las Culturas ahí en Resistencia, el trajo unas cosas escritas y yo llevé mi teléfono para grabarlo. El empezó a leer cosas y se cortó la luz en el lugar, estaba todo oscuro. Entonces Lecko apuntando con su teléfono a la hoja para poder leer y yo con la batería que le quedaba al teléfono, grabamos los audios y con eso arme Tokwaj, que es parte de Nación Ekeko”, relata.

“Para mí es muy importante cuando utilizo una voz, una referencia, un sonido. La música que compongo tiene que partir de ahí, no tiene que ser algo impuesto como “bueno, la gente tiene que bailar”, yo quiero que esté el espíritu de esa persona, de ese personaje, y de ese paisaje que representa ese personaje. En este caso para mi Lecko representa el Chaco Salteño, nuestra cultura wichí. Yo quería que en esa canción se sienta ese espíritu, sin una rigurosidad antropológica que dice “bueno los wichí usan tal instrumento”, sino una sensación de que esa es la canción de ese personaje, y que representa a un paisaje, una cultura, una Nación”.

“Lo que me pasó cuando empecé a juntar estas voces me di cuenta que hablaban estas voces desde su pluralidad y desde su paisaje, tenían también muchos puntos en común, estaban hablando de su cultura, de la tierra, de la relación comunitaria, de algo con un fuerte contenido espiritual, entonces me pareció que había un mensaje común y por eso empecé a pensar en la palabra “Nación”, porque había una unidad, como una gran Nación, estaba tal vez desmembrada pero que seguía existiendo en su esencia más profunda. Y que “el árbol de la vida” era el resumen de toda esa historia común que tienen los pueblos originarios de Latinoamérica, y que es nuestra herencia, porque nuestra historia es también la de nuestros pueblos originarios que viven acá y que siguen viviendo hasta el presente. Todo eso es lo que nos hace particulares y con una identidad propia”.

Así nació la canción “El árbol de la vida”

“El árbol de la vida” es una canción que surgió a partir de una poesía, cuando ya tenía varios temas armados y empecé a pensar en algo que conjugue voces, ritmos, electrónica, paisajes, lo que terminó siendo Ekeko. Empecé a hablar con amigos que tenían cierto registro de cosas y así me llegó el recitado de Atahualpa y el recitado de un nene de Chiapas, que es con el que armé la canción “el árbol de la vida”, explica.

“Me pegó muchísimo porque es una poesía que dice cosas durísimas y las dice un niño, y me gustó mucho que termina después de atravesar cosas oscuras, con algo muy luminoso y con una esperanza que nace de haber pasado toda esa oscuridad”.

“Y cuando lo terminé sentí que era el tema que tenía que cerrar el disco, porque me parece que de alguna manera resume todo lo que viene pasando antes. Este disco fue para mí un viaje físico pero también espiritual, porque si bien esas cosas me llegaron a mí, yo tuve que transportarme con esa voz a otro lado para poder crear, y también viajé desde la imaginación y desde lo espiritual”.



Sobre la fusión de lo ancestral y lo tecnológico.

“Hay muchos límites que creemos que existen y me voy dando cuenta que no están. Entre un sonido de un charango y algo que yo puedo generar electrónicamente pueden haber muchas cosas en común. Las cosas que para los ancestros eran importantes hace 200 años, hoy siguen siendo vigentes y contemporáneas, y lo contemporáneo puede tranquilamente alinearse con un mensaje ancestral. Los límites no existen, tampoco existen los límites de las fronteras. Vos escuchas música de una región de Brasil que linda con Paraguay y con Argentina y no existe ni Paraguay, ni Argentina, ni Brasil, es una región. Para mi integrar esa sabiduría ancestral, con elementos contemporáneos, percusión con electrónica, tambores con las linternas mágicas que toco con las manos en el aire. Lo me divierte es pensar que las cosas se pueden integrar y se pueden borrar las fronteras”. Y agrega “muchas cosas que llamaban mundo moderno fracasaron, y muchas cosas de lo que llamaban mundo primitivo, siguen siendo más vigentes y más necesarias que nunca”.

El Ekeko es el viajero.

“Después me puse a investigar más la figura del Ekeko, y apareció esta historia de que el Ekeko era un personaje que traía luz y que ayudaba a los pueblos y que cuando llegan los colonizadores lo atrapan, lo matan y lo descuartizan, para que no se vuelva a formar el Ekeko. La cultura Aymara dice que cuando sus partes se vuelvan a unir va a renacer el pueblo Aymara. Y me pareció increíble, porque era lo que yo sentía sobre las voces que estaban en diferentes lugares, desmembradas. Nuestra fuerza está en el contacto, en comunicarnos, en saber lo que le está pasando al otro, y en lo comunitario, que eso fue lo desmembrado. Entonces claro!, esto es más actual que nunca”.


“A partir de las ceremonias pude notar que hay una cotidianidad de la celebración, que por ahí en el mundo occidental lo perdimos, que es una celebración espiritual, no una celebración de “me junto y me emborracho”. En el mundo occidentalizado estamos acostumbrados a ver que los logros en lo material, entonces vos tenes que “hacer” para conseguir y una vez que tenes un logro podes festejar, o no, o tal vez no festejas porque crees que necesitas algo más. Lo que veo en el mundo de los pueblos originarios, en la relación con la música y la celebración, es que hay un agradecimiento constante al entorno, a lo que nos es dado por la tierra. En la celebración hay una conexión con el agradecimiento al estar vivo, al estar con los seres queridos, al sentir amor por la tierra y eso para mí empezó a ser una necesidad de lo cotidiano, casi de todos los días”.

Diego tocará hoy sábado 30 de enero en su Resistencia Natal en la Casa de la Cultura, frente a la Plaza 25 de mayo, desde las 22 hs. En compañía de Cesar Frette, correntino, Esteban Peón, resistenciano, y Lecko Zamora, del Chaco Salteño, creador de la poesía plasmada en la canción Tokwaj.

jueves, 21 de enero de 2016

Caleidoscopio en la vereda (paisaje interno #1)

Ya no temo ser mujer, ni me da pudor tener la rudeza de un hombre, tampoco me afligen mis posibilidades de abanico en verano, ni mi pulso fino de pianista clásico que agarra la cámara para espiarte el alma.
Estoy mirandome las tripas con un espejo en el baño, porque sé que todavía no lograron instalarme cámaras de seguridad en el cerebro. Estoy caminando por el techo del colegio secundario, vistiendo mi primera bandera de amor político.
Perdí algunos pétalos en el camino y me crecieron las espinas porque el amor dolió, o porque no dolió lo suficiente, ¿cómo saberlo no?, qué carajo sé en definitiva, sobre el amor.
Odie la idea de odiar, yo tampoco sirvo para eso, es fácil aveces aislarse de todos los mundos ajenos, es imposible huir de la propia piel. Qué me importa estar en un film, si la lupa registradora nació aderida a mis ojos, si estoy escribiendo un diario muy íntimo desde los tres años, si esa vez que traté salvar el mundo, el mundo me dijo que no quería ser salvado, si las canciones de siempre siguen siendo siempre las canciones de siempre, si la primera vez, nunca fue “tan” la primera vez, si siempre estoy buscando primeras veces, si en el fondo, todo lo que quiero es unirme al verano del litoral y fosilizarme como un árbol viejo que vivió lejos de la injusta humanidad.
Voy a escucharte un rato más, mientras cantas mal mi canción favorita, vas a dejarte torturar por mis laberintos existenciales que tanto han de gustarte, vamos a abrir la ventana de par en par justo antes del amanecer, voy a fingir que existís, vas a decirme como un secreto, que no muy lejos, en algún rincón del universo, estas esperando que te encuentre.

lunes, 18 de enero de 2016

El mundo desde los ojos del valle calchaquí

Mauricio Tiberi en su Peña "Doña Argentina"
Desde la primera conversación que tuve con Mauricio Tiberi en el departamento de unas amigas en el barrio de Almagro (Capital Federal), hace cosa de tres años o más, él me había comentado su necesidad de volver al pago. Hace más de un año supe que se volvió finalmente a Cafayate y en alguna de sus visitas a Capital Federal me contó sobre la grabación de su primer disco “Desentierro”.
Cuando llegué esa noche a la Peña “Doña Argentina”, en el fervor de viajar sola y estar en espacios desconocidos, no recordé que estaba en la tierra natal de Mauricio. Cuando me lo crucé en el patio como si fuera un concurrente más, tampoco entendí en primera instancia que me encontraba justamente en su patio de infancia y en su presente tan añorado. “Esta es la casa de mi abuela, acá es la Peña que tengo con mis hermanos”, me dijo después del abrazo.
"Yo miro el mundo desde Cafayate, tengo los anteojos puestos con el valle Calchaquí, que siempre me está marcando una forma de ver, de pensar, de sentir. Es muy importante ir paso a paso, la gente del valle calchaquí suele ir despacito, que es valorar los procesos, los ciclos, los que se cierran y se abren otros nuevos, la naturaleza es así, todo el tiempo nos muestra ese ciclo”, expresa sentado en ese mismo lugar donde ha vuelto a vivir. “Siempre tuve una profunda admiración por la naturaleza, de poder acercarme a la montaña y ver crecer el berro en el río colorado, en el divisadero, o sentir el aroma del poleo cuando llueve, o mirar el cerro y descubrir que hay un montón de cabras que han logrado subir una altura inimaginable, la naturaleza todo el tiempo nos está hablando de una forma de habitar un lugar”.
“Me siento profundamente vallista, y agradezco la oportunidad de haber ido a la ciudad y aguantado la ciudad que es muy hostil en muchos aspectos, pero que también tiene mucha magia en muchos otros”.

Los años en los cerros de metal, una temporada en Capital Federal
El patio de "Doña Argentina"
Mauricio se fue a Buenos Aires para estudiar Comunicación Social en la UBA, "era la manera que encontraba segura de poder hacer algo con los medios de comunicación, con algo que me apasiona desde muy chiquito que es la radio". En ese contexto frío de la gran ciudad cosmopolita, surgió de manera natural su trabajo con la música andina. "Cuando era más chico estaba más limitado con mis conocimientos musicales, si bien toco la guitarra desde muy chico, recién cuando me fui a vivir a Buenos Aires le empecé a dedicar más tiempo a la guitarra. Nos encontrábamos con amigos salteños, con amigos del interior que también vivían allá, entonces hacíamos causa común. Nos juntábamos a guitarrear y era como volver a la provincia, esos encuentros con la música y los amigos era una ventana para volver".
Junto a dos amigos salteños formó el primer trío musical y a partir de ahí pudo conocer su potencialidad como músico. “Empecé a cantar para el público en 2003, antes solo cantaba para los amigos o en mi casa, desde aquel momento pasé por un montón de proyectos con otros músicos, tuve varias bandas, hasta que pude encaminarme en mi proyecto solista con la fortuna de contar con el acompañamiento de muchos amigos músicos”.

Un patio de encuentros
"Doña Argentina", es en homenaje a mi abuela Argentina Galván, la mamá de mi papá. Nosotros compartimos una infancia muy feliz con ella. Su cocina era centro de la familia, el encuentro se daba en torno a la cocina de Doña Argentina. Pasamos una infancia llena de perros, de frutales que había en esta casa, algunos que se siguen manteniendo. Este espacio es ahora un proyecto familiar en el que estamos trabajando todos mis hermanos, con el apoyo de mi mamá, de mi tía Silvia que nos acompaña siempre. En todo esto están las manos de cada uno de la familia, acá las personas se animan a vivir un espacio de encuentro con la música en un clima familiar y de amistad, quizá eso es lo que le da un aspecto distintivo", comenta Mauricio.
La Peña funciona hace cuatro años. Incorporaron a otros artistas como Florencia Micha, acróbata y actriz, Juan Barone, en percusión, que viajan cada verano desde Buenos Aires para formar parte. Lucas Colque, bandoneonista cafayateño, que está desde el inicio del proyecto, Fede Cosentino, también cafayateño que además de guitarrista es lutier y Víctor Merile en el bajo.
Florencia Micha, acróbata y actriz, Juan Barone, en percusión
"Buscamos interpelar a la gente desde el escenario con un mensaje claro, revalorizamos algunos ritmos y estilos que son propios de esta región, pero que al mismo tiempo se pueden mixturar con elementos de otros géneros que a nosotros nos identifican como una nueva generación, vinculados con las nuevas tecnologías y con la información que llega de todos lados”, pone de manifiesto sobre la propuesta de lugar y cuenta que “en estos años se sumaron músicos viajeros que traen propuestas armadas, a nosotros nos gusta abrir el espacio para que la gente pueda disfrutar desde el jazz al reagge, pasando por la música folclórica que es lo que predomina". Entre los artistas invitados están Los Shunkos, Franco Luciani, Los Orosco Barrientos, Mariana Baraj, entre otros.
“Desentierro”, su primer disco
Los Shunkos
"Fue un recorrido en el que hubo mucho aprendizaje, que se hizo por etapas donde conté con un muy buen equipo”, dice, “llevó más de un año de producción entre Cafayate y Buenos Aires, con Matías Pozo, amigo de más de diez años con quien siempre estuvo la idea de hacer un trabajo en conjunto. Esteban Cahian fue el técnico que hizo la mezcla y grabación del disco, y Andrés Mallo lo masterizó”.  Además participaron Laura Peralta, coplera, Bruno Arias, le puso la voz a uno de los temas, Juan Pablo Álvares, en los vientos, y Santiago Castelani, que trabajo con Cerati y grandes músicos. "Aprendimos mucho de nuestras limitaciones, pudimos hacernos autocriticas y el disco es además el reflejo de una etapa, el estado de cosas, lo que somos musicalmente hasta el momento", reflexiona.

La radio, su padre y una forma de soñar
El cafayateño de 32 años tiene los ojos negros y desde chico una profunda pasión por la comunicación. "La radio siempre fue un lugar de encuentro, es un medio de comunicación muy importante sobre todo para la gente que vive en la montaña". Antes de convertirse en el músico folclorista que sube a los escenarios, su idea era seguir específicamente los pasos de uno de sus principales maestros, su padre. "Aprendí mucho de mi viejo, él era un apasionado de la electrónica, y fue docente de una escuela técnica. Él llevó a cabo una radio aquí en Cafayate, una de las primeras fm en transmitir a fines de los 80´ y lo hizo estudiando muchos libros para saber cómo funcionaban las antenas, todo con mucha pasión y de manera artesanal”, comenta.
La posibilidad de materializar en algo las ideas, es la premisa de la enseñanza paterna, “es muy difícil calcular todo el camino, pero animarse a recorrerlo ya es un paso muy fuerte. Mi viejo es y seguirá siendo mi gran maestro, que hasta el día de hoy vengo interpretando”. Al proyecto en la Peña, se suma un trabajo para volver a dar vida a aquella radio fundada por el padre años atrás.

Desde la raíz

 “Cuando uno deja su lugar y se va a otro, valora cosas que antes estando tan cerca no las notaba, uno siempre está buscando la felicidad en otro lugar. Estando en Buenos Aires me pasó añorar o extrañar cosas. Mis canciones condensan esas añoranzas, esos mates con mi mamá o el humo en la cocina de mi abuela que a leña cocinaban el pan a la mañana, eso marcó mi niñez y en algún lugar de mi memoria siempre me están enseñando que yo soy eso. Al mundo siempre lo miro desde los ojos del valle calchaquí”.